EL DIA QUE JESUS GUARDO SILENCIO
Cuento.

Un día, entre dos sueños que dormitaba en el sofá, me vi en un gran salón. Me llamó la atención ver que en el lugar, parecido a una gran biblioteca, había infinidad de cajones que eran archivos, llenos de las correspondientes tarjetas.
Empecé a leer cada tarjeta y, con sorpresa comprobé que, una a una, formaban el archivo de mi vida. Todo mi pasado se abría ante mis ojos. Lo bueno, que vi que era  poco; lo malo; lo que me causaba tristeza, lo que me avergonzaba. Y seguí mirando y leyendo. Contemplando qué poco edificante era mi vida pasada, en el caminar de cada día.
Algunas tarjetas me causaron alegría. Pocas, no eran demasiadas.
Otras, se referían a los amigos, aquéllos que quise y aquéllos que abandoné.
Lo que murmuré estaba también en una tarjeta; y lo que propagué como chisme, también. En otra, la indiferencia con que traté a quienes necesitaron mi ayuda... y no se las di.
Los malos videos que traje a casa para ver; las malas películas a las que asistí, también. Y los libros de mal gusto que estaban de moda, que leí. Y muchos pormenores más que no quiero ni recordar. No faltaba nada: ni un punto ni una coma.
Me llenaba de una  vergüenza que con alguna lágrima quise lavar...
Pensé que había que cerrar ese salón y que nadie pudiera entrar en él. Quise destruir los archivos, romper las tarjetas, acabar con los cajones donde estaba mi vida pasada. No pude. Con enorme impotencia, ante la evidencia testigo de mis miserias, apoyé mi cabeza en un archivo y realmente comencé a llorar; y seguí llorando con desconsuelo y con vergüenza. Caí al suelo de rodillas con mi rostro bañado en lágrimas. Casi no podía ver. Así que empecé a secar mis lágrimas y limpiar mi rostro.
Entonces, fue cuando lo ví.
Oh, no. Por favor: El, no. Cualquiera menos Jesús.
Vi impotente cómo Jesús tomaba y leía mis fichas; ví mis tarjetas, una por una, en sus manos. No podría, lo sabía, soportar su reacción.
Pero Él buscó con una mirada triste mis ojos... y yo bajé la cabeza de vergüenza.
Pudo haber dicho muchas cosas, pero no dijo una sola palabra.
Allí estaba junto a mí, en silencio.
Era el día en que Jesús guardó silencio... y lloró conmigo.
Después volvió a los archivos y en cada tarjeta firmaba su nombre sobre el mío.
Solamente atiné a gritar ¡no! Y a repetirlo, no. Eso, no. su nombre no tenía que estar en esas fichas. No eran sus culpas, eran las mías.
Pero allí estaba, escrito con un rojo vivo, su nombre cubriendo el mío, escrito con su propia sangre.
Y siguió escribiendo, tachando mi nombre con el suyo.
Cuando cerró el último archivo, vino a mi lado.
Consumado es. Está terminado. Yo he cargado con tus culpas y tu vergüenza. Porque te amo.
Y salimos juntos del salón.
No sé si fue un sueño o una realidad. Sólo sé que me pasó.
El  salón seguía abierto: todavía había más fichas que escribir, de ahora en adelante.
Pero aquello que viví, real o no, me asegura que la próxima vez que Jesús vuelva a ese salón, encontrará más fichas de que alegrarse y menos tiempo perdido. Menos fichas, también.

Con confianza en el perdón misericordioso de Jesús por todas nuestras faltas, recemos nuestro Rosario de Misterios......pidiendo a María, la Madre por excelencia, que nos ayude en nuestro propósito de ser cada día mejores, más conformes al querer de Jesús.