VIDA MORAL Y MAGISTERIO DE LA IGLESIA

El cristiano realiza su vocación en la Iglesia, en comunión con todos los bautizados. De la Iglesia recibe la Palabra de Dios, que contiene las enseñanzas de la ley de Cristo. Recibe la gracia de los sacramentos que lo sostienen en el buen camino; reconoce a la Virgen María como la figura y fuente de esa santidad; la descubre en la tradición espiritual y en la historia de los santos.
La vida moral es un culto espiritual. Nos ofrecemos “como una hostia viva, santa, agradable a Dios” en el seno del Cuerpo de Cristo que formamos y en comunión con la ofrenda de su Eucaristía. En la Liturgia y en la celebración de los sacramentos, plegaria y enseñanza se conjugan con la gracia de Cristo para iluminar y alimentar el obrar cristiano. La vida moral, como el conjunto de la vida cristiana, tiene su fuente y su cumbre en el sacrificio eucarístico. De ahí la importancia de nuestra participación en él.
El Magisterio de los pastores de la Iglesia en materia moral, se ejerce ordinariamente en la catequesis y en la predicación, con la ayuda de los teólogos y de los autores espirituales (siempre unidos al Papa) y así se transmite de generación en generación, el “depósito” de la moral cristiana, compuesto de un conjunto característico de normas, mandamientos y virtudes que proceden de la fe en Cristo y están vivificadas por la caridad. Esta catequesis ha tomado tradicionalmente como base, junto al Credo y al Padrenuestro, el Decálogo –los 10 Mandamientos- que enuncia los principios de la vida moral válidos para todos los hombres en todas las épocas.
El Romano Pontífice y sus Obispos unidos a él, están dotados de la autoridad de Cristo...predican la fe en la que hay que creer y que hay que llevar a la práctica. Enseña a los fieles la verdad que han de creer, la caridad que han de practicar, la bienaventuranza que han de esperar.
El grado supremo de la participación en la autoridad de Cristo está asegurado por el carisma de la infalibilidad. Esta se extiende a todo el depósito de la Revelación divina; se extiende también a todos los elementos de doctrina, comprendida la moral, sin los cuales las verdades salvíficas de la fe no pueden ser salvaguardadas, expuestas u observadas.
La autoridad del Magisterio se extiende también a los preceptos específicos de la ley natural, porque su observancia, exigida por el Creador, es necesaria para la salvación.
La ley de Dios, confiada a la Iglesia, es enseñada a los fieles como camino de vida y de verdad. Los fieles, por tanto, tienen el derecho de ser instruidos en los preceptos divinos. Y tienen el deber de observar las constituciones y los decretos promulgados por la autoridad legítima de la Iglesia.

La conciencia de cada cristiano en su juicio moral sobre sus actos personales, debe evitar encerrarse en una consideración individual. Con el mayor empeño, debe abrirse a la consideración del bien de todos según se expresa en la ley moral, natural y revelada, y, consiguientemente, en la ley de la Iglesia y en su enseñanza autorizada. No se ha de oponer la conciencia personal y la razón, a la ley moral o al Magisterio de la Iglesia. Así puede desarrollarse entre los cristianos un verdadero espíritu filial con respecto a la Iglesia. Es el desarrollo normal de la gracia bautismal, que nos engendró en el seno de la Iglesia y nos hizo miembros del Cuerpo de Cristo. En su solicitud materna, la Iglesia nos concede la misericordia de Dios que va más allá del perdón de nuestros pecados y actúa especialmente en el sacramento de la reconciliación. Como Madre previsora, nos prodiga también su Liturgia, día tras día, el alimento de la Palabra y de la Eucaristía del Señor.


Solamente el Magisterio de la Iglesia puede dictarnos las leyes de la moral según las que debemos actuar, y no regirnos por normas (siempre más acomodaticias) que nuestra conciencia o razón de conveniencia nos dicte a capricho o criterio de cada uno. Esto, que podríamos llamar vicio a mala costumbre de nuestra sociedad, se debe simplemente a una mala información o una mala formación de la conciencia. Tengamos especial cuidado entonces, de no caer en la creencia que podemos actuar fuera de las normas establecidas por la Iglesia, y según nuestra libertad, porque podemos arriesgar, incluso, nuestra eterna salvación. No nos fabriquemos nuestro propio Evangelio o nuestro propio Magisterio. Ambos son de Cristo y de la Iglesia, no de nosotros.