SAN MAXIMILIANO KOLBE
14 de Agosto.

El Padre Maximiliano Kolbe, canonizado por Juan Pablo II es un mártir de la segunda guerra mundial.
Detenido en la mañana del 17 de Febrero de 1941, fue internado en el campo de concentración (más valdría decir de exterminio) de Auschwitz, después de tres meses de trabajos en la cárcel de Pawiak.
En ese tiempo de vida comunitaria en la prisión, rezaban y permanecían a la espera de los acontecimientos. En el mes de Marzo, el Padre Kolbe escribe estas líneas para los frailes: “Queridos hermanos, recen mucho y bien, trabajen con fervor, y no se preocupen demasiado por nosotros porque sin el permiso y el deseo de Dios y de la Inmaculada, nada nos puede suceder”.
Nosotros comentamos: ¡qué confianza y qué espíritu de entrega! ¿Verdad?
Proseguimos.
En esos momentos sucede un triste episodio: el jefe se sección pasa revista a los prisioneros y, al abrir la celda 103 del Padre Maximiliano, la sola vista del hábito religioso, lo hace enloquecer y arrojándose como una fiera sobre el Padre Kolbe, le arrancó el rosario que colgaba del grueso cordón franciscano y señalando el crucifijo gritó lleno de rabia: ¿Tú crees en esto? A lo que contestó el sacerdote: “Cierto que creo”. El jefe golpeó a Maximiliano hasta hacer sangrar su boca insistiendo en su pregunta: “¿crees todavía”? La respuesta no se hizo esperar: “Creo más que nunca”. Desesperado el jefe continuó la golpiza, hasta dejarlo tirado en el suelo, reducido a un montón de carne dolorida.
Nosotros comentamos: ejemplo de valentía y perseverancia en la fe, una fe inconmovible, en el siglo XX, ya no en los primeros siglos del cristianismo.
Continuamos. Cuando el torturador se fue, los compañeros de celda se acercaron llorando a ese pobre cuerpo martirizado y le oyeron susurrar: “Amigos míos, no lloren; al contrario, alégrense porque esto lo ofrezco por las almas, por amor a la Inmaculada”.
Desde entonces, a sus hermanos de Congregación apenas podía enviarles alguna tarjeta y les decía: “La Inmaculada, Madre amorosa, como hasta ahora y también en el futuro, tendrá maternos cuidados con sus hijos. Hoy comienza un hermoso mes (Mayo) consagrado a la Virgen. Espero que me recuerden en sus oraciones. Les deseo a todos, las bendiciones de la Inmaculada”.
Es en este mes de Mayo, el día 12,  que se le anuncia su partida hacia el campo de Auschwitz y les escribe: “Prometemos dejarnos conducir de la manera más perfecta, cómo y dónde Ella quiera llevarnos, para que cumpliendo nuestros deberes por amor a Ella,  podamos hacer que muchas almas se salven.
Un día en el campo de concentración, un prisionero huye y la fuga se pagaba con la muerte de diez hombres. Después de someterlos a las más refinadas torturas, el comandante del campo los alineó y designó a los que debían morir. El trágico silencio del momento fue interrumpido por el grito de uno de ellos: “Mi pobre esposa, mis hijos queridos”.
En el instante mismo de escucharlo, el Padre Kolbe sale de la fila y dice: “Soy un sacerdote católico y quiero ocupar el lugar de éste”. Y señaló a quien había gritado, de nombre Francisco Gajowniczec. El cambio fue aceptado.
Nunca había sucedido en Auschwitz que un prisionero ofreciese su vida por otro, al cual no conocía.  Ese día, en el reino del odio y de la fuerza, resplandeció la ley del amor.
La víspera de la Asunción de María al Cielo, los Ángeles llevaron el alma de Maximiliano a la presencia de Dios, imponiéndole la corona de los mártires, a quien fue caballero de la Inmaculada y apóstol de la caridad.
Nosotros comentamos: fue un mártir del siglo pasado, contemporáneo tal vez de algunos de nosotros, que más grandes o más chicos, vivimos los horrores de esa guerra.
Juan Pablo II aseguraba que en estos tiempos había más mártires que en los comienzos de la Iglesia.

En la homilía de la canonización de San Maximiliano Kolbe, decía Juan Pablo II:
“Maximiliano no murió, dio la vida por el hermano. Se ofreció a la muerte por amor. Por eso su muerte se convirtió en signo de victoria, victoria conseguida sobre el sistema de odio y de desprecio hacia el hombre y hacia lo que de divino hay en el hombre. Victoria semejante a la conseguida por Nuestro Señor Jesucristo en el Calvario”.