ASUNCION DE MARIA A LOS CIELOS

Después de la Ascención del Hijo a los Cielos, María quedó en el mundo, por voluntad de Dios.
Nada sabemos de los últimos años de la Virgen. La Tradición nos dice que vivió bastantes años todavía: en el silencio y en la oscuridad, dedicada a la oración y a las buenas obras. Era feliz porque su amor a la vida oculta era extraordinario. A María le era suficiente el recuerdo del Hijo Santísimo que le suministraba permanentemente materia inefable de contemplación y nutría su  amor incandescente.
Aumentaba de continuo el círculo sobre el que María arrojaba luz. Primero, fue la Madre de Jesús y vivió solo para su Hijo; luego apareció como Madre del Mesías que mediaba entre Él y los incrédulos. Más tarde se desempeñó como Madre del Redentor, permaneciendo al pie de la Cruz, salvaguardando luego la fe en Él, dentro de la Iglesia naciente y, finalmente, como Madre del Señor, reunió en torno suyo la pequeña grey que daría vida a la Iglesia que nacía.
Pasó el tiempo para María, que dedicaba su vida retirada y oculta, a la oración y a las buenas obras.
El amor al Hijo se sublimaba en momentos con el ansia de volver a verlo y estar en su compañía.
Al fin, el Hijo se conmovió y decidió llevarla con Él a la gloria del Cielo.
Y llegó el gran día. María recibió el aviso: “Ya es la hora, ven Madre mía”. Y fue inmenso el gozo de la Virgen.
La Tradición nos dice que los Apóstoles estaban repartidos en distintos lugares, cuando supieron que María partiría de este mundo y se afligieron enormemente. Pero por disposición divina, se reunieron todos en Jerusalén, según cuenta San Juan Damasceno y añade: “estando todos presentes, menos Santo Tomás, la Señora reclinada en un pobre lecho, su alma se desasió suavemente del cuerpo virginal. Fue éste colocado en un sepulcro nuevo en el Jardín de Getsemaní”.
La Virgen partió. Entró en dulce sueño y se le entreabrieron las puertas del Paraíso. Su tránsito fue respuesta de la atracción del amor mutuo con Jesús.
Los Apóstoles la acompañaron hasta el último momento. Cubrieron el sepulcro con flores y aromas. Cantaron ellos y, con ellos, los Ángeles invisibles del Cielo. En torno al sepulcro, brotaron blanquísimas azucenas.
Mientras tanto el alma de María subió al abrazo del Padre y del Hijo. Y éstos quisieron poner junto a sí, también el cuerpo singular -esa carne que dio vida a la carne redentora de Cristo- que no debía permanecer mucho tiempo inanimado y que el Hijo quería tener junto a sí.
Asunta. Y también ese otro momento llegó. Sucedió –prosigue la Tradición- que al cabo de esos tres días, llegó Tomás y accediendo a su pedido, se abrió el sepulcro y el Santo Cuerpo no estaba en él; solamente encontraron los velos y los paños en que había sido envuelto. Todos creyeron que el Hijo amantísimo quiso resucitar a su Madre y llevársela en cuerpo y alma a los Cielos. Así era. Y por eso, glorificaron a Dios.
Asunta. Empujada por los Ángeles que cantan, subía María al Cielo. Avanza la Reina y Señora, majestosa y hermosa como nadie ni nada. La Santísima Trinidad la espera complacidísima, y ante el asombro de los bienaventurados que la miran y entonan cantos de gloria, ordena que se remonte sobre todas las jerarquías, para tomar posesión del trono más excelso junto al de su Hijo Jesús.
Qué explosión de júbilo y de bienaventuranza la de María cuando vio a Jesús de nuevo, esta vez en la gloria del Cielo y no en el tormento de la Cruz.
Jesús, Rey de Reyes y Señor; María en su mismo ser corporal.

El encuentro de Jesús y María constituye para ambos la culminación de su eterna bienaventuranza. Para ambos, no hubiera sido un encuentro perfecto, si no se hubieran contemplado como un cuerpo glorioso contempla a otro cuerpo glorioso.
La Asunción de María en ese sentido, debe considerarse como el coronamiento de la Ascención misma  del Señor.
Imaginemos el encuentro bienaventurado de Jesús y María.
Jesús, en la tierra, no había podido revelar muchos secretos a la Madre; ahora, por fin, le revelaría todo, compensando sin medida, el silencio de fe de María.