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TU VIDA, MARIA…Y LA NUESTRA
Un gran acontecimiento histórico dividió el tiempo para la humanidad: el nacimiento de Cristo. Decimos: antes de Cristo; después de Cristo.
Allí en ese punto del tiempo se encuadra tu vida, María. Fuiste protagonista, sin lugar a dudas, la primera. Sin tu Sí a Dios Padre, nada habría sido. Pero el Padre contaba contigo desde la eternidad. Y no le fallaste. Comenzó entonces la historia de la Redención del hombre: historia de amor, entrega, sacrificio. La historia de la Cruz.
Es la historia del cristianismo, y de cada cristiano que vive, enclavada en el alma, su fe, su vida como hijo de Dios.
Fuiste Tú, María, el punto de partida.
Madre de Dios.
La única, la escogida.
Obediente y fiel; plena de esperanza, en la entrega total a la voluntad de Dios.
Sin entender, fue inalterable tu confianza. Tú no dudaste.
Y así fue tu vida en el hogar de Nazaret, donde vibraba la fuerza nacida de tu unión con el Padre.
María, Mujer fuerte.
Te recogías en Ti misma para meditar las cosas en tu corazón. En oración profunda que daba vida a la unión íntima y total con el Padre Creador.
Sencilla, humilde, solidaria, acogedora.
María, Mujer serena.
Ya habías forjado tu temple, cuando llegaron los días anunciados por el anciano Simeón. Uno a uno.
Protagonista también en la historia del Hijo Redentor: estoica, no insensible.
Ocupaste tu lugar –el primero- al pie de la Cruz afrentosa.
Desgarrada pero íntegra, corredimiste con Él.
Los hechos siguientes, presagiaron las glorias del Cielo: la Resurrección, el primer encuentro con el Hijo Glorioso, su Ascención, la venida del Espíritu Santo y el nacimiento de la Iglesia. Allí estabas Tú, María.
Al cabo del silencio que cubre el resto de tus días terrenos, tu Asunción al Cielo y el título merecido: Reina y Señora de la creación.
Tu Gloria, María.
Amigos: hemos compartido una apretada reseña de los perfiles fundamentales de María Santísima. Es lo que sabemos por los Evangelios, de su vida.
Pensemos ahora: ¿y la nuestra?
Veintiún siglos de adelanto y progreso nos han traído una civilización sofisticada, con innegables mejoras en las condiciones de vida. Maravillas de técnica y ciencia.
Paradójicamente, tantos adelantos han conducido a que el hombre corra tras la vida, sin apenas vivirla. El tiempo se escapa. Y los valores espirituales y morales con él. Se sobrevalora lo fácil, lo rápido, lo material.
¿Y el ejemplo de vida de María? ¿Quedó en el siglo primero? Sabemos que las cosas no son iguales y no se puede hoy día vivir en las mismas costumbres del pasado. Pero los valores cristianos universales son de todo tiempo: antes y ahora. Todo aquello que conduce a la vida eterna: las enseñanzas evangélicas, la doctrina y tradición de la Iglesia, las expresiones, escritas o verbales de los distintos Pontífices, representantes cada uno de Cristo en la tierra, nos dan las normas para andar seguros hacia la Casa del Padre, en cualquier momento de la historia humana.
La verdad divina debe sustentar nuestra vida cristiana, dejando de lado con valor todo aquello que se opone al querer de Dios. Por eso no dejaremos de pertenecer a esta generación, y aprovechar todo lo sano y lo bueno que el mundo puede ofrecer. Sólo debemos mostrarnos como lo que somos: cristianos de fe profunda y de intachable conducta, en el marco de un auténtico sentir de hijos de Dios y de María Santísima.
Encontremos nuestro valor y nuestra fuerza en la gracia que nos comunican los sacramentos, en el ejemplo de las vidas de Jesús y de María.
La vida de María se nos revela como una fuente riquísima de inspiración.
María, una Mujer como todas.
María, una Mujer como ninguna.
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