CUMPLIR POR AMOR A JESUS

Una vez realizada por Cristo la Redención de los hombres, son los hombres quienes tienen que libremente conquistar los frutos de esa Redención.
Cada uno ha de vivir en consecuencia.
El Bautismo ha conferido,  ha impreso en el alma del bautizado, la fe.
La Resurrección de Cristo ha confirmado esa fe.
La predicación y los ejemplos que Jesús ha dejado a todos es el mejor legado, porque es la ruta a seguir por quienes se llaman sus amigos, sus discípulos, sus testigos, sus seguidores, en todos los tiempos. Y en ese camino se encuentran las gracias necesarias para que cada uno cumpla el plan trazado por Dios. Y cumpla con Cristo Redentor.
La Divina Providencia velará por todos; Jesús y María velan por toda su grey. Cristo ha prometido que Él rogará al Padre por aquéllos que lo aman, y por amor, siguen sus mandamientos. Amigos, tenemos las gracias al borde de nuestro camino que nos ayudan a ir por el sendero correcto. Por amor a Jesús, será que seguiremos sus mandamientos. Esta es la promesa de Jesús. Es una gracia especialísima para todos y cada uno de nosotros.
Tenemos la invalorable ayuda de Santa María, la Madre que nos acompaña en todo momento; tenemos la ayuda poderosa de los Sacramentos instituidos por Cristo; tenemos la oración que nos comunica con Dios; tenemos la inspiración del Espíritu Santo, con todos sus gozos y dones; y  tenemos la protección permanente del Ángel de la Guarda, que cuida de nosotros y nos ayuda con su inspiración a no confundir nuestros pasos, en ese caminar hacia la eternidad que es esta vida temporal.
Sólo hace falta buena voluntad y deseo de cumplir. Y eso, lo tenemos que poner cada uno. La libertad que Dios nos confirió, es para que toda esa buena voluntad sea puesta al servicio de la propia salvación, con todos sus méritos.
El resumen de los mandamientos de Dios es “amar a Dios sobre todas las cosas y amar a los hermanos como a uno mismo”. Ahí está clave. Sin duda, puede hacerse bastante difícil en algunos casos puntuales. Pero hay que pelear con uno mismo, tener la fortaleza necesaria, y aprender las lecciones de amor y perdón que Cristo nos dejó.
El amor por todos, el perdón para todos. Son méritos incontestables a los ojos de Dios, que nos abren senderos de luz y esperanza.
No se nos impide tener, humanamente, opiniones encontradas, convicciones diferentes, si sabemos encasillarlas en la caridad y el respeto.
Nuestro mundo sería muy distinto si se obrara de esta manera, si ese modo de ver la convivencia, se convirtiera en una costumbre que todos aplicaran. Pero.... al no ser así, sufrimos –también todos- las consecuencias.
No tenemos paz ni el mundo, ni en la sociedad; ni en las familias, ni en los corazones.
La paz que Cristo nos dejó. Y que no se conseguirá jamás por caminos de violencia, odio y venganza, sino por caminos de amor y respeto, de tolerancia y de ayuda mutua. Siempre con buena voluntad y los auxilios espirituales y morales que la Divina Providencia pone a nuestro alcance en todo momento.
Con amor y por amor, a cumplir con Cristo.