SOLEMNIDAD DEL SANTISIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

Celebrar la Fiesta del Cuerpo y la Sangre del Señor, es celebrar la fiesta de la Eucaristía, la fiesta en honor del Misterio Eucarístico.
Debemos dar hoy, muy especialmente, gracias al Señor por haber querido quedarse con nosotros hasta el fin. Es fiesta de alegría y de desagravio también.
Podemos decirle a Jesús: Señor, no veo tus llagas como las vió Tomás, pero confieso que eres mi Dios; haz que yo crea más y más en Ti, que en Ti espere, que a Ti te ame.
Recordemos en este día el milagro que anticipa la Eucaristía: la multiplicación de los panes y de los peces. Jesús multiplica la cantidad de panes y peces que le presentan y da de comer a una multitud y lo hace para mostrarnos que El alimentará a todos los hombres con su Pan, para que alcancemos la vida eterna.
No es este hecho el único del relato evangélico: debemos recordar la misma institución de la Eucaristía. En la última cena, Jesús anticipa el sacrificio de la Cruz y se entrega real y sacramentalmente como alimento de reconciliación y de vida eterna. Dice Jesús: “Tomen y coman, esto es mi Cuerpo” al dar a sus discípulos el pan que acababa de bendecir entre sus manos. Y luego, tomando en sus manos la copa llena de vino, agregó: “Beban de esta copa porque ésta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que va a ser derramada por todos para el perdón de los pecados”.
Esa misma noche, Jesús dio asimismo un mandamiento a cumplir por todos, sin distinción: el mandamiento del amor. En este mandamiento nos enseña a vivir todos unidos en el amor para realizar la comunión fraterna con todos los hombres. Con estas palabras Jesús nos invita a amarnos como hermanos, ya que todos somos hijos del Padre Eterno. Significan que Dios quiere que nos amemos para encontrar en la unión y el amor la felicidad que El quiere para sus hijos: Dios nos creó a su Imagen y Semejanza. Por tanto, el amor debe ser la fuerza primera que mueva los corazones de los hombres, que impulse sus actos, que renueve la humanidad y haga de este mundo en el que vivimos el lugar amable, confiable, entrañable, donde vivir: cada uno su propia historia, la realización del plan inescrutable de Dios según su santa voluntad, en un ambiente feliz de armonía y comprensión; sin egoísmos ni vanidades, sin odio ni rencor, sin resentimientos, sin violencia: un mundo en paz, la paz de Cristo, basada en el amor entre todos sin excepción.
Recibir la Sagrada Comunión es alimentarnos verdaderamente con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, para vivir unidos vitalmente al Amor de Dios. Nuestro Dios y Señor se encuentra en la Hostia consagrada con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. Está siempre presente en todos los Sagrarios del mundo y allí debemos mostrar nuestra adoración y nuestro amor, nuestro agradecimiento por la Redención al precio de la Cruz. Parece pues, muy poco que nos pida nuestra compañía, que no le abandonemos en la soledad; que, aunque sea por minutos nada más, pasemos a saludarlo, a estar nos momentos con Él. Y aún así, siempre estaremos en deuda con Jesús, por lo que El hizo por cada uno de nosotros, por los hombres de todas las generaciones.
Jesús nos asegura también que aquél que se alimente con la Eucaristía alcanzará la vida eterna. Jesús es el Pan de Vida. Entra en nosotros bajo las especies del pan  y del vino, en la forma de la Hostia Santa, y nos fortalece, nos alimenta, no deja que nos sintamos solos, porque El está y estará siempre a nuestro lado. La Sagrada Eucaristía abre nuestro corazón a una realidad totalmente nueva.