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PROMESA CUMPLIDA
Queridos amigos: hemos estado siguiendo la humanidad de Jesús – Hombre y Dios- desde el Si de María en la Anunciación. Con la alegría de la Navidad y acompañando algunos momentos de su infancia, y la vida de la Sagrada Familia.
Hemos madurado nuestro conocimiento con su Palabra durante el tiempo de su predicación; lo hemos acompañado en su Pasión dolorosa y en el supremo sacrificio de la Cruz. Es decir, que hemos vivido de algún modo, el amor que Jesús siente por los hombres. Amor firme, a toda prueba, que no se desvanece ni con la traición.
Jesús tiene una palabra y la cumple. Tiene una misión y la cumple. Vino al mundo para salvar a los hombres y asegurar su salvación. Y lo cumplió al precio de su vida.
En cumplimiento de su Palabra, Cristo, el Señor, el Crucificado, resucita. Ya cumplido el ciclo de dolor, abraza su Gloria. Por siempre. Jesús vive para siempre. Es nuestra alegría pascual. Gozamos la Gloria de Jesús.
Las cosas no se quedan aquí. La Resurrección de Cristo nos asegura nuestra propia resurrección, ratificada desde la Cruz, como testamento imborrable, cuando Cristo asegura a quien llamamos el buen ladrón: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Palabra de Cristo y Palabra en qué momento. ¿Puede quedar alguna duda?....
Tenemos asegurada así la felicidad eterna del Paraíso, doblemente: por la Palabra de Cristo, momentos antes de entregar su Espíritu al Padre y por su Resurrección.
Esta alegría y este gozo debemos sentirlo profundamente sin que lo alteren las vicisitudes que vivimos a diario. Es la mejor y más grande promesa segura que hemos recibido y recibiremos por lo que tenemos que valorarla como corresponde. Es claro que tenemos también que hacer nuestros propios méritos.
Los méritos de Cristo –incontables- no serían suficientes si no cooperamos libremente con los nuestros. Cristo nos salva con nosotros. Con nuestra correspondencia a su amor, con el fiel cumplimiento de sus enseñanzas.
Y tendremos que ir, paso a paso, andando el camino de esta vida, cuidando en cada uno de esos pasos, el cumplimiento de la promesa de Jesús en nosotros.
Nuestra vida ¿se desliza bajo esta perspectiva del Paraíso prometido? ¿O este futuro feliz queda sumergido en el trajín del trabajo, en la angustia de la falta de trabajo, en los problemas de salud o personales y familiares que claman nuestra atención urgente?
Nada de esta problemática la podemos soslayar. Tampoco, evitar. Es la vida. La vida de todos y de cada uno, a partir del pecado original. No podemos dejar de estar comprometidos en aquellas diferentes situaciones, nos gusten o no, pero sí podemos ponerlas en manos de Jesús y de María, que nos ayudarán en todo momento a superarlas.
Jesús nos dejó los medios: los sacramentos, cada uno con su gracia particular y la Eucaristía. También nos dejó una Madre, la suya. Y el Espíritu Santo, obra en nosotros.
Sabiendo que contamos con estas ayudas invalorables, miremos la vida con una visión serena y confiada. Con fe. Venga lo que venga. No estamos solos nunca.
Y el tener asegurada nuestra felicidad sin fin en la casa del Padre, nos dará consuelo y fortaleza en cada ocasión.
Gozaremos del Paraíso prometido, eternamente.
La fe y la confianza que nos da la palabra de Cristo, en Cristo es promesa cumplida.
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