AMOR A LA PATRIA

Todas las personas tienen una patria, según el lugar donde han nacido. A ese lugar lo llamamos país. Ocupa un territorio delimitado, bien establecido. Es un lugar geográfico único. Tiene su propio nombre, por el que es internacionalmente conocido. Escudo, himno y bandera, son sus símbolos.
Y decimos: este país es mi patria. Estos son los símbolos de mi patria.
Pero la patria es algo más que un lugar geográfico. La patria es como el alma del país. Es un sentimiento.
El país es defendido, ante un ataque, por medio de los organismos diplomáticos internacionales y, si éstos fracasan, se recurre a las armas. Un país lucha por su independencia, en combates de la misma naturaleza. El campo de la lucha sería, finalmente, la superficie geográfica. Su terreno físico.
A la patria, se la defiende en el terreno espiritual, en el de las ideas. Se defiende en el corazón de sus conciudadanos. Se defiende con el honor. Se le colma de gloria. Se le respeta y se hace respetar. Son los términos usuales. Y es que la patria es una comunidad apretada de los nacidos en el lugar, es una tradición de costumbres que le son propias, un sistema y un modo de vida. Es lo que los compatriotas saben, conocen, viven. Y tienen la responsabilidad de mantener o mejorar, en función del bien común, del bienestar de las familias allí radicadas. Responsabilidad de contribuir a su progreso, siempre firme y hacia adelante, en todos los órdenes: espiritual, cultural y económico. Y esto no se mide en superficie de kilómetros cuadrados, ni de acuerdo al clima de la zona continental. Es otra su dimensión. Porque involucra a las personas. Al ser humano. Se juntan el pasado con el brevísimo momento del presente y el futuro. Se proyecta para el futuro.
Y ese futuro, muchas veces no es predecible.  De ahí las responsabilidades ciudadanas.
Y las cristianas.
La continuación de las tradiciones cristianas de la patria es tarea de los cristianos.
Hoy día en el mundo entero, parece que se quiere borrar toda tradición cristiana. El materialismo, el egoísmo, la falta de una moral (inclusive a veces la moral natural) se evidencian con claridad. También, en aquellas naciones de origen cristiano y tradición cristiana desde siempre, se intenta borrar el nombre de Dios.
¿Los síntomas? El hundimiento de los valores, y con ellos, de la familia.
Sin familias bien organizadas, no hay sociedades que tengan rumbo cierto.  Sin Dios, nosotros los creyentes sabemos que no hay futuro  feliz. Necesitamos a Dios para recorrer el camino hacia Él.  Otros, no lo  creen, pero nosotros sí y ésa es, entonces, nuestra responsabilidad, nuestra misión.
Hagamos ahora algo por la patria. Nuestra patria, a la que queremos sana y con un futuro de bienestar y progreso, nos llama.
Defendamos el sistema de vida nuestro: respeto de los valores; respeto por la vida, desde la concepción hasta su fin natural. Defendamos la familia como institución y llamemos a cada cosa por su nombre. Para nosotros la familia fue creada e instituida por Dios, cuando les dijo a Adán y Eva –hombre y mujer- “Creced y multiplicaos”.
Hoy, la confusión reina en todo lugar y en todos los conceptos. Tenemos algo que hacer según nuestra formación, más aún, según nuestra fe bautismal.
Nuestra patria nos acoge en el pleno derecho de la libertad religiosa. Defendamos, sepamos defender, los valores de los que Cristo nos hizo depositarios con su Palabra y su ejemplo.
Nuestra conciencia nos lo pide. No somos ajenos a lo que se vive a nuestro alrededor.
Tenemos la responsabilidad de cooperar para restablecer lo perdido y más aún, de guiar a las ovejas apartadas del rebaño a volver con su Pastor.
Tarea difícil, sí...
Recemos,  y pidamos la ayuda de Dios y su protección para nuestra patria.