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DOMINGO DE RAMOS
Con la celebración del Domingo de Ramos se inician los cultos de la Semana Santa.
La liturgia de este día comienza con una ceremonia de gran alegría: la bendición y procesión de los Ramos en que se respira un santo júbilo a través del cual revivimos, después de veintiún siglos que han pasado, la escena grandiosa de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén.
Cristo es aclamado por las turbas como Rey de Israel que toma posesión de la capital de su reino. En efecto, Jerusalén era imagen del reino de la Jerusalén celestial.
En aquel tiempo, habiéndose acercado Jesús a una pequeña aldea junto al Monte de los Olivos, envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Id a esa aldea que está enfrente de vosotros y hallaréis una asna atada y un pollino con ella; desatadla y traédmelos; y si alguno dijera algo, decid que los necesita el Señor y luego los dejará”. Y así se cumplió lo dicho por el Profeta a la hija de Sión: “Mira a tu Rey que viene a ti, lleno de mansedumbre, montado en una asna y con un pollino”.
Los dos discípulos hicieron lo que Jesús les había mandado; luego, revistieron el asna con mantos y vestidos e hicieron que Jesús se sentara arriba. Mucha gente tendía sus vestiduras sobre el camino y otros esparcían ramas que habían cortado. Y el pueblo que iba detrás clamaba diciendo: “Hosanna al Hijo de David: bendito el que viene en nombre del Señor”.
El pueblo de Dios, acampado bajo la sombra de las palmeras, junto a las doce fuentes en que Moisés les prometió el maná, era figura del pueblo cristiano que corta ramas de las palmeras y manifiesta que su Rey, Jesús, viene a liberar las almas del pecado y a conducirlas a las fuentes bautismales, para alimentarlas después con el maná eucarístico.
La Iglesia romana al adoptar este uso tan bello hacia el siglo IV añadió el rito de la bendición de los Ramos. De ahí el nombre de Pascua Florida que se da también a este domingo.
El cortejo de cristianos que, con palmas y olivos en las manos, y entonando triunfantes hosannas, aclama todos los años en el mundo entero y a través de todas las generaciones, la realeza de Cristo, glorioso Triunfador.
Viendo por la fe ese hecho y su significación roguemos al Señor que lo que aquel pueblo hizo exteriormente y nosotros repetimos en este Domingo de Ramos, sepamos cumplirlo también espiritualmente.
En este día, tengamos en el pensamiento y en el corazón, que la procesión de los fieles con sus ramos ya bendecidos, entra en el templo del mismo modo que los elegidos entrarán algún día con Cristo en la gloria eterna.
Es un hermoso simbolismo que nos hace vivir la ceremonia interiormente con gran alegría y respeto.
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