EL BAUTISMO DE JESUS

Con esta Festividad, que nos llena de admiración y alegría, damos fin al Tiempo de Navidad, que hemos celebrado  con los sentimientos de gozo y ternura que nos inspira el nacimiento del Hijo de Dios en Belén.

Inmediatamente después de ser bautizado, Jesús salió del agua y he aquí que se le abrieron los Cielos y vió al Espíritu de Dios que descendía en forma de paloma y venía sobre El. Y una voz del Cielo que decía: “Este es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido”.
En la solemnidad de hoy conmemoramos el bautismo de Jesús por San Juan Bautista en las aguas del río Jordán. Sin tener mancha alguna que purificar, quiso someterse a este rito de la misma manera que se sometió a las demás observancias legales, que tampoco le obligaban. Al hacerse hombre, se sujetó a las leyes que rigen la vida humana y a las que regían en el pueblo israelita, elegido por Dios para preparar la venida de nuestro Redentor. Juan cumplió con energía, la misión de profetizar y suscitar un gran movimiento de penitencia como preparación inmediata al reino mesiánico.
Con el bautismo de Jesús quedó preparado el Bautismo cristiano, que fue directamente instituido por Jesucristo, y lo impuso como ley universal el día de su Ascensión; “id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
En el Bautismo recibimos la fe y la gracia. El día en que fuimos bautizados fue el más importante de nuestra vida. Nos encontrábamos antes de recibirlo, con la puerta del Cielo cerrada y sin posibilidad ninguna de dar el menor fruto sobrenatural. El Bautismo nos inició en la vida cristiana. Fue un verdadero nacimiento a la vida sobrenatural, cuyo resultado es una cierta divinización del hombre y la capacidad de producir frutos sobrenaturales.
Hoy nuestra oración nos puede ayudar a dar gracias por haber recibido este don inmerecido y para alegrarnos por tantos bienes como Dios nos concedió. La gratitud es el primer sentimiento que debe nacer en nosotros, de la gracia bautismal; el segundo, es el gozo. Jamás deberíamos pensar en nuestro bautismo sin un profundo sentimiento de alegría interior.
Hemos de agradecer la purificación de nuestra alma de la mancha del pecado original, y de cualquier otro pecado si lo hubo, en el momento de recibir el Bautismo. Todos los hombres somos miembros de la familia humana que en su origen fue dañada por el pecado de nuestros primeros padres Adán y Eva.
Este pecado original se transmite juntamente con la naturaleza humana, por propagación, no por imitación, y se halla como propio en cada uno.

Pero Jesús dotó al Bautismo de una especialísima eficacia para purificar la naturaleza humana y liberarla de ese pecado con el que hemos nacido. El agua bautismal significa y opera de un modo real lo que el agua natural evoca: la limpieza y la purificación de toda mancha e impureza. Gracias al sacramento del Bautismo, nos hemos convertido en templos del Espíritu Santo.
La dignidad del bautizado, la más alta dignidad, la condición de hijos de Dios, está como velada muchas veces, por desgracia, en la existencia ordinaria. Por eso debemos cuidarla siempre y dar gracias a nuestro Padre Dios que ha querido dones tan inconmensurables, tan fuera de toda medida, para cada uno de nosotros.
En la Iglesia, nadie es cristiano aislado. A partir del Bautismo el cristiano forma parte de un pueblo y la Iglesia se le presenta como la verdadera familia de los hijos de Dios. Y en la Iglesia, a la cual entramos por la puerta del Bautismo, todos estamos llamados a la santidad.
Dios Todopoderoso y Eterno, que en el Bautismo de Cristo en el Jordán quisiste revelar solemnemente que El era tu Hijo amado enviándole tu Espíritu Santo: concede a tus hijos de adopción, renacidos del agua y del Espíritu Santo la perseverancia continua en el cumplimiento de tu voluntad.




Sintámonos hijos de Dios porque lo somos, y procuremos en todo momento ser dignos a esta condición especialísima.
Conservemos a lo largo de la vida, la gracia y la fe recibidas en el Bautismo y disfrutemos el gozo de este sacramento.
Agradezcamos a Dios, sinceramente y desde el corazón, la capacidad recibida en el Bautismo de producir frutos sobrenaturales.
Demos gracias por nuestro Bautismo que nos hizo miembros del Cuerpo Místico de Cristo: por él, somos Iglesia.