LA ADORACION DE LOS MAGOS

Hoy celebra la Iglesia la manifestación de Jesús al mundo entero. Epifanía significa manifestación y en los Magos están representadas las gentes del mundo de toda lengua y nación, que se ponen en camino llamadas por Dios, para adorar a Jesús.
Al salir los Magos de Jerusalén reencontraron la estrella que habían visto en Oriente, que iba delante de ellos, hasta pararse en el sitio donde estaba el Niño. No se extrañaron al ver la sencillez del sitio donde estaba el Mesías, el Rey anunciado, sino que se alegraron con un gozo incontenible. Vienen desde lejos para ver un rey y son conducidos a un humilde lugar. Y se alegran. Porque todo reencuentro con el camino que conduce a Jesús está lleno de alegría.
Muchas veces nosotros no nos damos cuenta cabalmente de la presencia de Jesús, de lo cerca que está de nuestras vidas, porque Dios se nos presenta humildemente, bajo la apariencia de un trozo de pan, porque no se revela en su gloria, porque tal vez se desliza en nuestra vida como una sombra.
Muchos de los habitantes de Belén vieron a Jesús como un niño más. Los Magos supieron ver en Él al Niño, al que desde entonces todos los siglos adorarían. Y su fe les valió un privilegio singular: ser los primeros entre los gentiles en adorarle cuando el mundo lo desconocía.
Los Magos se postraron ante el Niño que estaba con María y José, y lo adoraron.
Lo adoraron. Saben que es el Mesías. Dios hecho hombre. El Concilio de Trento cita expresamente este pasaje de la adoración de los Magos al enseñar el culto que se debe a Cristo en la Eucaristía. Jesús presente en el Sagrario es el mismo a quien encontraron estos hombres sabios en brazos de María.
¿Cómo le adoramos nosotros en la Custodia que guarda a Cristo bajo la forma del pan? ¿Cuándo y cómo le acompañamos en los templos, en su soledad de los Sagrarios? Cristo nos espera.
Los gentiles Magos de Oriente cruzaron fronteras en su largo viaje, seguramente incómodo y difícil en tramos de su trayectoria, paro llegaron a su lado, lo vieron, se postraron y lo adoraron. Abrieron sus cofres  y le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Los dones más preciosos del Oriente, fueron para Dios.
 
Le ofrecen oro, símbolo de la realeza; nosotros queremos que Jesús ejerza su reinado de amor, paz y justicia, de santidad sobre todas las almas.
Le ofrecemos incienso, junto con los Magos, perfume que quemado cada día en el altar, era símbolo de la esperanza puesta en el Mesías: son incienso los deseos que suben hasta el Señor de llevar una vida noble y buena, que despida grato perfume, impregnando palabras y acciones que siembren amistad y comprensión, que sean palabras de amistad que ahuyenten la soledad. El incienso se quema sin ostentación, no por llamaradas de un fuego de ocasión, sino por la eficacia de un rescoldo de virtudes.
Y con los Reyes  Magos también ofrecemos mirra porque Dios encarnado tomará sobre sí nuestras enfermedades y cargará con nuestros dolores. La mirra es el sacrificio que no debe faltar en la vida cristiana, que nos trae el recuerdo de la Pasión del Señor: en la Cruz le dieron de beber vino mezclado con mirra y con mirra ungieron su cuerpo para la sepultura.

Y los Magos, al fin, volvieron a su país por otro camino, obedeciendo la voz de un Ángel.



Mediante esta fiesta la Iglesia proclama la manifestación de Jesús a todos los hombres, de todos los tiempos, sin distinción de raza o nación.
Él “instituyó la Nueva Alianza en su sangre, convocando un pueblo entre los judíos y los gentiles que se congregará en unidad y constituirá el Nuevo Pueblo de Dios”.