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SAGRADA FAMILIA
El Mesías quiso comenzar su tarea redentora en medio de una familia sencilla, normal. Lo primero que así santificó Jesús con su presencia, fue un hogar.
Nada ocurre de extraordinario en los años de Nazareth, donde Jesús pasa la mayor parte de su vida.
José era el cabeza de familia; como padre legal él sostenía a Jesús y a María con su trabajo. Es él quien recibe el mensaje del nombre que ha de poner al Niño: “le pondrás por nombre Jesús”. Y como quien tiene como fin la protección del Niño Jesús, recibe el aviso: “Huye a Egipto”. Y luego: “Vuelve a la patria, no vayas a Belén sino a Nazareth”.
De María aprende Jesús lo que los niños todos aprenden de las madres. A andar, a hablar, los quehaceres domésticos más sencillos, según la edad. María actuaba de manera muy parecida a la forma en que actúan millones de mujeres ocupadas en sacar adelante las tareas del hogar. María santifica lo más pequeño, lo que parece a menudo intrascendente y sin valor: el trabajo de cada día, cansador, monótono por repetido. Considera los detalles de atención a las personas queridas. Es una normalidad bendita llena del amor de Dios y a Dios.
Entre María y José había cariño santo, espíritu de servicio, comprensión y deseo de hacerse la vida feliz mutuamente. Así es la familia de Jesús: sagrada, santa, ejemplar, modelo de virtudes humanas, dispuesta a cumplir con exactitud la voluntad de Dios.
Todo hogar cristiano debe ser imitación del de Nazareth: un lugar donde quepa Dios y pueda estar en el centro del amor que todos se tienen. Serán así hogares luminosos y alegres porque cada uno en la familia se esforzará, en primer lugar, en su relación con Dios; y con espíritu, a veces de renuncia, a veces de sacrificio, procurará una convivencia cada día más amable. Algunos días será más difícil, otros será más fácil, pero nunca será imposible, si hay buena voluntad y amor de por medio.
La familia es escuela de virtudes y el lugar donde hemos de encontrar a Dios. La fe y la esperanza se han de manifestar en el sosiego con que se enfocan los problemas que en todos los hogares ocurren. Los hogares cristianos serán entonces un ejemplo de vida familiar para otros. Manifestarán sin cesar su unión por el amor, el que han de fortificar y cuidar en cada momento, dentro de un mundo casi hostil a los valores permanentes, que hoy impulsa a otras soluciones, que luego serán motivo de tristeza para unos o para otros, o para todos.
La caridad debe llenarlo todo y llevará a todos a compartir penas y alegrías, triunfos y fracaso -que eso es la vida- en una actitud generosa y comprensiva que será alivio para quienes tienen más responsabilidad en los hechos, y paz del corazón al núcleo familiar todo.
Santificar el hogar día a día, crear con el cariño un auténtico ambiente de familia, de eso se trata. Para ello se pondrán en práctica muchas virtudes cristianas; las teologales en primer lugar: fe, esperanza y caridad; y luego las otras: prudencia, lealtad, sinceridad, humildad, alegría, trabajo ofrecido...
Oh Jesús: Tú que al nacer en una familia fortaleciste los vínculos familiares, haz que las familias vean crecer la unidad.
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