ROSARIO DE NAVIDAD
Navidad, Navidad.

Es la Fiesta que hoy celebra el mundo cristiano.
La Fiesta que nosotros celebramos hoy con el almanaque, pero fiesta que deberíamos celebrar todos los días.
Porque es la fiesta del amor, el perdón y la gracia.
Una fiesta del alma que tendría que ser permanente, como lo son el amor de Dios, el perdón conseguido por Jesús, y la gracia de Dios que nunca nos falta... si sabemos cuidarla y mantenerla. Y esto es cosa de nuestra voluntad, de nuestro libre albedrío otorgado desde la misma creación del hombre, para el mérito de nuestras buenas acciones.
Jesús nació en la primera Navidad celebrada en el mundo, hace 2008 años. Año a año, otras navidades se fueron siguiendo en una tradición de costumbres. Pero más allá de la tradición y las costumbres, es una fiesta permanente del alma  cristiana, que celebra al amor divino  y la reconciliación de los hombres con su Creador.
Amor y perdón, es la Navidad. Ayer, hoy y mañana.
Por eso es que debemos hacer de esta celebración algo permanente, una fiesta del alma que admira, agradece y ama en justa correspondencia.
No es fácil vivirla en cada momento. Seguir los pasos de Jesús es muchas veces abrumador por lo difícil.  Y esto es lo que hace la permanencia de la fiesta. Tenerla presente, recordar la misión del recién nacido, su vida y también su muerte. Su paso por nuestro mundo. Es todo lo que nos ayuda a vivir como Dios quiere. La costumbre y la tradición la mantienen presente en nuestra memoria; y el sentimiento y la fe la mantienen viva en nuestro corazón, para   tenerla siempre en cuenta. Eso ayuda a vivir el día a día en armonía con Dios, con la gracia por la que Dios mismo nos sostiene.
Hoy, festejando a Jesús que nace, debe brotar espontáneo y sincero, nuestro compromiso de bautizados con el Redentor y Salvador.
Es un compromiso, fundamentalmente de amor. También de deseo, también de decidida voluntad en su  cumplimiento. Que debemos tenerlo presente todos los días y, especialmente, hoy día que Jesús viene a nosotros.
La época en que estamos situados en el mundo  nos ofrece una realidad –casi- de ausencia de Dios. El hombre de hoy, está sumergido en las ofertas paganas, y en  la inmediatez urgente y egoísta de sus necesidades materiales.

Faltan los valores espirituales que mejoran la calidad de vida, las relaciones entre las personas, la unión en la familia, el respeto y la virtud.
Quienes apartados de esta realidad, quieren, desean vivir en la antítesis, de acuerdo a su formación en los valores morales, se enfrentan a una lucha permanente en defensa de sus ideales. Permanente y difícil. Especialmente para la juventud que se aturde en el bullicio mundano... y sigue la corriente.
Hoy, debemos afirmarnos en la presencia de Jesús entre nosotros. Él no nos abandona. Por eso esta fiesta es única para reafirmar nuestro compromiso con Dios. Es el día indicado para reconocer su amor. Su constancia en el amor. Ambos infinitos.
Sólo por este amor de Dios, que debemos reflejar nosotros a nuestro alrededor, podemos tener esperanza de un futuro mejor.
Si reina el amor y no el odio, la cultura de la vida y no la de la muerte, si la permanencia de la lucha por los valores fundamentales se acerca a sus logros, entonces, cambiará esta realidad y tendremos el mundo de paz que todos deseamos y pedimos.
La paz que Jesús nos dejó en su paso entre los hombres.
Hace 2008 años. Ya es tiempo de recogerla.
Es el deseo vibrante de nuestros corazones, que aman y que se renuevan en cada Navidad.