ROSARIO DE NOCHEBUENA

Esta es la noche única, la noche feliz, la Noche Buena...
Dios baja del Cielo, se reviste de nuestra humanidad y viene al mundo de los hombres, envuelto en la fragilidad de un niño.
En medio del bullicio y las luces, el alma se recoge en silencio de adoración y se inclina ante la grandeza del Pequeño recostado en el pesebre.
Ante la grandeza del Amor.
Ante la grandeza del Si de María, la esclava del Señor.

Nuestro corazón debe anunciar con los ángeles del Cielo el nacimiento de Jesús. Debe elevar su cántico silencioso de alegría y acción de gracias.
Lo sublime se expresa en el silencio que no habla, pero dice más y mejor.
Hoy nace Jesús, el Señor, el Salvador, expresión viva del amor de Dios.

El significado de este acontecimiento lo encontramos en el Amor. Amor y perdón que se unen en esta noche de la historia, escrita en los corazones de los hombres de buena voluntad, de aquellos a quienes ama el Señor.
Allá en la lejanía de los tiempos, un hombre débil, contradice la voluntad del Padre, cede ante la tentación y rompe la amistad del género humano con su Creador.
Un Hombre Nuevo, fuerte, viene a realizar la reconciliación, a dar otra oportunidad a los hombres que crean en Él.
El amor todo lo puede.
Dios no se aparta del hombre -hijo predilecto del Creador- y envía la Persona del Hijo divino, para volver al orden establecido desde el principio. Es lo que celebramos en esta noche. La misericordia de Dios Padre, enviando a Dios Hijo para el perdón de las faltas cometidas: aquélla falta primera, la falta original y las faltas de todas las criaturas, que caen en las tentaciones que el mundo les ofrece.
Que ¡vaya! si las hay. Miremos a nuestro mundo, a nuestro alrededor. Cuánta tentación... y cuántas caídas.
Entonces aparece la infinita misericordia del amor divino. En un acto supremo del amor, nace Jesús.  Con la misión de redimir a los hombres, de perdonar las penas que han merecido con sus actos desordenados de culpa, culpa de la que viene a liberarnos este Niño que hoy nace, por nosotros y para el bien de nosotros.
 
Dos voluntades unidas, la del Padre y la del Hijo, en beneficio de todos, con la única condición de corresponder a la más grande manifestación de amor de la historia, con la humilde y más íntima actitud de rechazo en las tentaciones, apartando las ocasiones de faltar al amor que se nos ofrece gratuitamente, sin merecerlo.
Esta es la fiesta que hoy vivimos y debemos vivir en el día a día. Jesús nace en nuestro corazón, con su gracia, todos los días y en cada momento.
En la historia del mundo nació como Hombre una sola vez, y para siempre.
Nos dejó el perdón, nos dejó su Iglesia, intérprete y dispensadora de su Doctrina que encierra todas las enseñanzas que  Él predicó y los caminos a seguir para marchar con paso firme hacia nuestro destino final, que es el encuentro feliz con la Trinidad Santísima, nuestra Madre María y todos los santos del Cielo.
Pero, sobre todo, nos dejó el ejemplo de Amor más sublime, nos dejó el Amor.
Para que nosotros, a nuestra medida, lo entreguemos a manos llenas, a Dios y a los hombres nuestros hermanos.
Que por la gracia de Dios, así podamos vivir hoy y siempre, en paz y armonía.