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JESÚS, AMOR Y PERDÓN
Amigos nuestros sabemos quien es Jesús, históricamente y por nuestra fe.
Jesús es ese Niño que nace en Navidad, que crece en el hogar de Nazareth, el Hijo de María la Virgen. Cuyo nacimiento marca las fechas de la humanidad: antes y después de Cristo. Un nacimiento excepcional.
Jesús es Quien perdona y recobra para la humanidad la amistad con el Padre. Jesús es el Resucitado.
Jesús es el Hijo de Dios, es Dios. Y Dios es Amor. Y el amor perdona. Jesús es perdón.
Tanto nos ama. A cada uno de los hombres de todos los tiempos, nos ama por igual. Y nos perdona por igual.
¿Podemos pensar, acaso, que después del amor infinito expresado en la Cruz para nuestra redención, nos ha olvidado? ¿Es indiferente allá en el Cielo, a la derecha del Padre?
Por supuesto, no es así. El amor de Dios por sus creaturas no tiene fin. Es tan eterno como Dios mismo: Él es amor y no puede dejar de serlo porque es su esencia misma.
Jesús es amor y perdón.
Aunque lo merezcamos o no, mucho o poco.
Así, nuestra vida de todos los días cambia. Es otra. Porque no estamos solos, abandonados. Jesús, amor y perdón, nos acompaña en todo momento.
¿Cómo le debemos responder? ¿Acordándonos solamente cuando necesitamos auxilio?....
A Jesús lo necesitamos permanentemente. A cada minuto. La vida cristiana verdadera, real, debe estar en unión con Jesús, siempre.
Al despertar le daremos los buenos días y le ofreceremos todo lo que suceda en la jornada. Él dispondrá. Pediremos su compañía a lo largo de las horas, en medio de los afanes y el trabajo, de las risas y las lágrimas. Y si algo hacemos, que a sus ojos no le guste, pediremos perdón, seguros de obtenerlo: hace mucho tiempo que Él pagó el precio de ese perdón.
Antes de nuestro descanso en la noche, pediremos su compañía y su cuidado, le diremos “buenas noches”.
Pero lo que es más importante entre Jesús y nosotros es la correspondencia en el amor. Corresponder al amor perfecto de Jesús, con el nuestro, no perfecto, con sus alternativas humanas de expresión sentida y sincera y sus olvidos momentáneos, los momentos, casi, de indiferencia o extravío.
Vivir de acuerdo a la manera de Jesús no es fácil, pero es necesario hacer el esfuerzo que a cada uno le exija, para cumplir en el amor y en conciencia, como discípulos, como amigos entrañables de Jesús.
No hay otra. Amor con amor se paga.
Y aún nos queda para nuestra alegría un recurso infalible: si nos alejamos de Jesús, ahí está María, la Madre, para acercar al Hijo divino, estos otros hijos débiles y a veces huidizos.
María nos llevará de la mano a Jesús. Es admirable ¿verdad?
A aquéllos que no saben, a aquéllos que no creen, llevémosles esta esperanza, la seguridad de no caminar en la soledad y el vacío, sino en el amor.
Siempre, el amor.
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