AMOR CRUCIFICADO DEL CRISTIANO

Amigos oyentes ¿pensaron alguna vez, o ya lo sabían, que en los tiempos de Jesús, la cruz era el instrumento usado para cumplir la sentencia de pena de muerte, hoy sustituida por otros patíbulos, ésos sí conocidos por todos? Todas han sido y son sórdidas herramientas inventadas por el duro corazón humano, para ejecutar a quienes, se quería o todavía hoy se quiere, eliminar...
Y ¿qué pasó, que hoy la cruz –herramienta de suplicio-  preside nuestras reuniones cristianas, nos persignamos con ella, la llevamos, con gusto, al cuello o de adorno  sobre nosotros?... Figura en las iglesias, grandes o pequeñas, en las casa de familias cristianas; y si bien,  no es igual en todos los países, la Cruz preside los salones de clase en la enseñanza, las salas de los hospitales, las celdas en las cárceles, y está allí donde se forjan los caracteres y se aprenden valores; y en los sitios en los que reina el dolor, como señal de consuelo y esperanza.
¿Acaso se nos ocurriría adornarnos o hacer presente en tantos lugares, los patíbulos actuales?
Por supuesto que no!
¿Y qué pasó?
Pasó algo increíble, una verdadera revolución en los corazones de los hombres, en la manera de vivir y ver las cosas. Un modo nuevo. Algo distinto.
¡La infame Cruz de Jesús de Nazareth no ennegrece ya el recuerdo del condenado a muerte en ella! Al contrario: el perdón del reo que amó “hasta el extremo” ilumina por siempre el instrumento del suplicio.
La Cruz de Jesús es la cruz del amor fiel, resucitado. En ella vemos, sabemos, que no hay otro amor, sino ése; que no hay otro hombre, sino aquél.
La cruz habla de amor verdadero, del amor de Dios. Y dice del hombre resucitado, al que todos estamos llamados.
Por eso los cristianos mostramos la cruz.
Es la de Cristo, la de todos.
Cristo, ya resucitado. Nosotros todavía en ella, esperando la vuelta del Señor.
Por eso:
¡Ni Cristo sin Cruz, ni cruz sin Cristo!