EL CAMINO HACIA LA CRUZ
Jesús tomó su Cruz y se encaminó al Calvario. Desfiló por las angostas calles de Jerusalén.
Las gentes lo miraban.
Y su Madre, María, lo veía también.
Caminaba junto a las mujeres piadosas que seguían sus pasos, sus caídas, su sufrimiento.
En ese camino lo encontró la Verónica. Y enjugó su rostro herido, con su propio velo.
Y Jesús le regaló su rostro impreso en la tela, agradecido a su compasión.
Y llegó al fin del camino, que era la muerte en la Cruz.
Por la humanidad.
También por mí.
Cristo me redimió, Cristo me salvó.
Yo no estaba allí.
Veintiún siglos después, ocupo en el mundo el lugar elegido por la Divina Providencia. El lugar y el momento.
Y me siento en deuda con quien dio la vida por mí.
Por eso, cada vez que la enfermedad me visite, sentiré que estoy sanando las heridas del Salvador.
Cada vez que la limitación me prive, sentiré que estoy limpiando el Rostro del Salvador.
Cada vez que un dolor moral me apriete, sentiré que estoy aliviando los sufrimientos de las espinas del Salvador.
Cada vez que el cansancio debilite mis fuerzas para seguir mi camino, estaré besando los pies lastimados del Salvador, que seguían caminando hacia el sacrificio final.
Por todos.
Por mí, también.
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