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SANTA MONICA
Reflexión sobre la vida de una madre, para todas las madres
Durante muchos años, Agustín, hijo de Santa Mónica, estuvo alejado de Dios y muerto a la gracia por el pecado. La Santa, cuya memoria celebramos hoy, fue la madre intachable que con su ejemplo, lágrimas y oraciones, obtuvo del Señor la resurrección espiritual del que sería uno de los más grandes santos y doctores de la Iglesia.
La fidelidad a Dios, día a día, de Santa Mónica obtuvo también la conversión de su marido Patricio, que era pagano. El propio Agustín resume en pocas palabras lo que era la vida de su madre: “Cuidaba de todos, como si realmente fuera madre de todos y servía también a todos como si hubiera sido hija de todos”. El ejemplo de la madre quedó grabado de tal modo en San Agustín que años más tarde exhortaba: “Procurad con todo cuidado la salvación de los de vuestra casa”.
La familia es verdaderamente el lugar adecuado para que los hijos reciban, desarrollen y muchas veces recuperen, la fe. Es muy grato al Señor ver que la familia cristiana sea verdaderamente una iglesia doméstica, un lugar de oración, de fe, de aprendizaje a través del ejemplo de los mayores de actitudes cristianas sólidas, que se conservan a lo largo de la vida como el legado mejor.
Nunca debe desfallecer la oración por los hijos: es siempre eficaz, aunque en algunos casos –como el de San Agustín- tarden algún tiempo en llegar los frutos. Esta oración por la familia es gratísima al Señor, especialmente cuando va acompañada por un ejemplo de vida. Destaquemos que las quejas, el malhumor, el celo amargo, nada consiguen. La constancia, la paz, la alegría y una oración humilde y constante, lo consiguen todo.
El Señor se vale de la oración, el ejemplo y la palabra de los padres para formar el alma de los hijos. Los padres han de enseñar a sus hijos modos prácticos de tratar con Dios, muy especialmente en los primeros años de la infancia. No deben olvidar jamás que sus hijos son ante todo hijos de Dios y han de enseñarles a comportarse como tales. Comprendemos que en un clima familiar así, será fácil que broten vocaciones religiosas, que la Iglesia tanto las necesita, y cristianos eficaces en su tarea apostólica de almas.
El centro de la familia cristiana debe estar puesto en el Señor. Por eso, cualquier acontecimiento o circunstancia, triste o alegre, penoso o feliz que viva la familia, que con solo una visión humana sería incomprensible, tiene que ser interpretado como algo permitido por Dios y que redundará siempre en bien de todos.
Recemos a nuestra Madre María Santísima para que interceda por nosotros a fin de ser familias ejemplares en su misión educadora; especialmente pidamos por las madres que lloran y sufren por sus hijos como Santa Mónica.
Finalizamos con palabras del siempre recordado Papa Juan Pablo II.
Dice así:
“Aunque vienen tiempos en los que vosotros, como padres o madres, pensáis que vuestros hijos podrían sucumbir a la fascinación de las expectativas y promesas de este tiempo, no dudéis: ellos se fijarán siempre en vosotros mismos para ver si consideráis a Jesucristo como una limitación o como encuentro de vida, como alegría y fuente de fuerza en la vida cotidiana. Pero sobre todo no dejéis de rezar. Pensad en Santa Mónica cuyas preocupaciones y súplicas se fortalecían cuando su hijo Agustín, futuro Obispo y Santo, caminaba lejos de Cristo y así creía encontrar su libertad. ¡Cuántas Mónicas hay hoy! Nadie podrá agradecer debidamente lo que muchas madres han realizado y siguen realizando en el anonimato con su oración por la Iglesia y por el Reino de Dios y con su sacrificio.
¡Qué Dios se los pague!
Si es verdad que la deseada renovación de la Iglesia depende sólo del ministerio de los sacerdotes, es indudable que también depende en gran medida de las familias, y especialmente de las mujeres y madres”.
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