CARIDAD Y SOLIDARIDAD
El voluntariado

El voluntariado es la acción libre de personas que deciden dedicar parte de su tiempo -de su vida- a mejorar la situación de las personas menos favorecidas. Es un testimonio del valor de la gratuidad, en un mundo muy individualista.
Sin embargo, desanima a los voluntarios la persistencia del mal, muy superior a sus fuerzas. Las manifestaciones del mal parecen tantas y tan difíciles de erradicar que, si no se encuentra un sentido más elevado que la simple sensibilidad humana, las dudas sobre la validez del esfuerzo ganan terreno y la ilusión inicial se extingue.
El voluntario que es además cristiano, sabe que la victoria del mal es aparente. La raíz de su acción voluntaria se encuentra en Cristo. Conoce la Resurrección del Señor y el Amor Trinitario por la creación. Por su profundidad de sentido sabe que su palabra y su testimonio, muestran la presencia salvífica del amor divino.
A lo largo de la historia, los creyentes tienen como referencia la capacidad de donación que mostró Cristo. Las primeras comunidades cristianas no actuaban por el único móvil de transformar las estructuras sociales, sino movidas por una fuerza mayor que emana del Evangelio, cuya manifestación hacia los demás es la Caridad.
Movidas por esa misma fuerza, muchísimas actividades e instituciones muestran, en lo concreto, que al Redentor del hombre se lo encuentra amando y sirviendo a quienes Él ama, especialmente a los más alejados de su amor.
La caridad es el amor de donación que busca reflejar el poderoso Amor de Cristo,  que entrega su vida sin recibir nada a cambio. Por eso la caridad es muy superior a la solidaridad, sin dejar de ser éste un valor de gran importancia. La caridad dota de sentido a la acción solidaria y la santifica.
La caridad permite que la solidaridad llegue más allá de la necesidad y de la ayuda concreta. La caridad crea un lazo personal, integra a las personas y las transforma, estableciendo un nexo entre la acción, las personas y Dios.

Juan Pablo II decía: “A través del amor a Dios y del amor a los hermanos, el cristianismo libera toda su potencia salvífica. La caridad representa la forma más elocuente de evangelización, pues respondiendo a las necesidades materiales revela el amor de Dios como Padre atento, solícito siempre a cada uno”. Hasta aquí las palabras de Juan Pablo II.

No se trata, entonces, sólo de cubrir las concretas necesidades materiales de las personas menos favorecidas, sino de llevarlas a experimentar de manera personal la Caridad de Dios.
A través del voluntariado el cristiano se convierte en testigo de la caridad divina, la anuncia y la hace tangible, tanto cuanto él mismo se siente implicado por ella.