AMOR A LAS ALMAS

Queridos amigos: Todos –sin excepción- sabemos que nuestra existencia tiene un límite, límite que sólo Dios conoce. Es ése el momento trascendente  en el cual nuestro cuerpo dejará de existir y nuestra alma alcanzará la plenitud de la inmortalidad.
En esos instantes se juega, la gloria eterna; la entrada a la Casa del Padre, y se debe contar con la acción de la  gracia.
Como en todos los momentos cruciales vividos a través de la existencia, se necesita entonces de la oración, del apoyo de la oración. En algunos casos, quien está en esa situación definitoria, y también definitiva,  no cuenta con la presencia de un sacerdote o el auxilio de un buen cristiano que a su lado recite la oración que se necesita. Solamente esa alma cuenta con la oración anónima de la Iglesia.
Somos Iglesia y, por tanto, protagonistas activos de esta oración colectiva. La devoción piadosa por las almas que van a partir, debemos sentirla viva en nuestros corazones, debemos practicarla con caridad cristiana. La Iglesia defiende así los méritos y sufrimientos de Cristo en la Cruz para salvar las almas de los hombres.
Del Corazón de Jesús brotó sangre y agua, que lavan culpas, que redimen, que preparan ese paso inexorable, de esta vida al umbral de la definitiva para la cual hemos sido creados.
Encomendemos al Sagrado Corazón de Jesús, que pide nuestro amor por quienes alcanzan el límite de su vida terrenal, a quienes viven ese momento y, muy especialmente, a quienes lo viven en soledad, en la ausencia de los auxilios de la Iglesia, y recemos con fe, caridad encendida y esperanza por la salvación de esas almas.
Pero nuestra responsabilidad de bautizados, de miembros vivos del Cuerpo Místico de Cristo, aún debe ir más allá.
En la mayoría de los casos –no en todos seguramente- no hemos sido durante los años vividos, tan perfectos, tan puros, para que la entrada en el Paraíso prometido haya sido ya conquistada plenamente. Necesitamos purificarnos. La purificación que hayamos logrado con nuestra manera de ser y proceder durante los años transcurridos en el mundo en que vivimos, no será suficiente. Debemos completarla en el lugar de purificación: el Purgatorio.
Y la devoción por las almas del Purgatorio también nos corresponde, como Iglesia que somos.
Ayudemos a estas almas a acortar la espera de la visión de Dios y a entrar prontamente en el Reino, revestidos de gloria por la eternidad.
Nos pide el Sagrado Corazón, entonces,  el amor y la devoción por las almas que se acercan a su tránsito definitivo y por las almas del Purgatorio que esperan –todas ellas, unas y otras- nuestro apoyo y ayuda espiritual de cristianos, de legítimos discípulos de Cristo Señor nuestro.