DONES DEL ESPIRITU SANTO

En este tiempo inmediato a Pentecostés, les proponemos a ustedes, reflexionar sobre cada uno de los dones que nos regala el Espíritu Santo.
Don de Entendimiento.
Mediante este don o inteligencia, al cristiano le es dado un conocimiento más profundo de los misterios revelados. El Espíritu Santo ilumina la inteligencia con una luz poderosísima y le da a conocer con una claridad desconocida y nueva, el sentido profundo de los misterios de la fe. Para llegar a ese conocimiento es necesaria una especial efusión del Espíritu Santo. El don del entendimiento permite que el alma participe de la mirada de Dios que todo lo penetra y lo empuja a reverenciar la grandeza de Dios y a rendirle  afecto filial.
Don de Fortaleza.
El Señor promete a los Apóstoles, columnas de la Iglesia, que “serán revestidos por el Espíritu Santo con la fuerza de lo Alto, quien asistirá a la Iglesia y a cada uno de sus miembros, hasta el fin de los siglos”. La virtud sobrenatural de la fortaleza, la ayuda específica de Dios, es imprescindible al cristiano para luchar y vencer los obstáculos que se presenten en su vida interior, y poder así cumplir sus deberes de estado.
Si dejamos que el Espíritu Santo  por medio del don de fortaleza, tome posesión de nuestra vida, nuestra seguridad no tendrá límites.
Don de Ciencia.
Este don facilita al hombre comprender las cosas creadas como señales que llevan a Dios, y lo que significa la elevación al orden sobrenatural. El Espíritu Santo, a través del mundo de la naturaleza y del de la gracia, nos hace percibir y contemplar la infinita sabiduría, la omnipotencia, la bondad, la naturaleza íntima de Dios.
Mediante este don el cristiano entiende con toda claridad que “la creación entera, las acciones rectas de las creaturas, y cuanto hay de positivo en el sucederse de la historia, ha venido de Dios y a Dios se ordena”.
Es una disposición sobrenatural por la que el alma participa de la misma ciencia de Dios y descubre la relación entre el Creador y lo creado.
Don de Piedad.
El sentido de la filiación divina, efecto del don de piedad, nos mueve a tratar a Dios con el cariño de un buen hijo con su padre, y a los demás hombres como hermanos que pertenecen a la misma familia.
Dios quiere que le tratemos con entera confianza, como hijos pequeños y necesitados. Toda nuestra piedad se alimenta de este hecho: somos hijos de Dios, y por el don de piedad se nos enseña y facilita, este trato confiado de un hijo con su Padre. La primera manifestación de esta actitud es, ciertamente, la oración, rica y variada cono lo es la vida.
Don de Consejo.
Este don perfecciona los actos de la virtud de la prudencia, que se refiere  a los medios a emplear en cada situación. Permanentemente se debe tomar decisiones. Dios concede el don de consejo a las almas dóciles al Espíritu Santo, para decidir con rectitud y rapidez. Es como un instinto divino para conocer lo que conviene a la gloria de Dios y al bien de las almas. La prudencia abarca el campo de nuestras acciones, y el don de consejo, es Juez y Principio de esas acciones. Nos inspira la elección de los medios para realizar la voluntad de Dios en nuestros quehaceres.
Don de Sabiduría.
Mediante la luz que da el amor, el cristiano conoce más íntimamente a Dios y a sus misterios. Este conocimiento es comunicado por Dios mismo al alma, iluminando y llenando de amor, la mente y el corazón, el entendimiento y la voluntad.
El don de sabiduría está unido profundamente a la virtud teologal de la caridad, que da un especial conocimiento de Dios y las personas, y dispone al alma a apreciar a Dios en Sí mismo y en las cosas creadas, en cuanto se relacionan a Él.
Don de Temor de Dios.
Dice Santa Teresa que ante tantas tentaciones y pruebas que hemos de padecer el Señor nos otorga dos remedios: “amor y temor”. El amor nos hará apresurar los pasos y el temor nos hará mirar bien donde ponemos los pies para no caer.
El Apóstol San Juan, a su vez, dejó escrito que el cristiano se mueve por amor y está hecho para amar. Santo Tomás nos enseña que el don de temor de Dios es consecuencia del don de sabiduría y como su manifestación externa.
Amor y temor. Con este bagaje debemos hacer nuestro camino. Cuando el amor llega a eliminar el temor, el mismo temor se transforma en amor.
Si se perdiera el temor de Dios, se perdería el sentido del pecado y fácilmente entra en el alma la tibieza. Se pierde el sentido de la Majestad de Dios y el honor que se le deba.