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II DOMINGO DE PASCUA – FIESTA DE LA DIVINA MISERICORDIA
Este día la Iglesia celebra la infinita Misericordia de Dios con el hombre.
Sor Faustina fue testigo y mensajera de esa Misericordia Divina. Su vida, de entrega y sacrificio, de aflicción y consuelos en Jesús y María, mereció que S.S. Juan Pablo II la elevara a los altares el día 30 de Abril del año 2000, fecha de su canonización.
Durante su breve vida -33 años- no negó nada que Jesús le pidiera y luchó bravamente con el dolor, la mortificación, las tentaciones, en todo lo cual se vió ampliamente reconfortada por el mismo Jesús Misericordioso. Por eso decimos que fue testigo de la Misericordia Divina.
Y, a pesar de esa ardua lucha que la sumía en profundo dolor, conoció también la felicidad plena con que colmaba su alma el Señor y tenía el consuelo que buscaba también en María Santísima, su Madre.
Faustina era consciente de la importancia del mensaje que Jesús le confiaba, pero no podía saber la rapidez con se difundiría en todo el mundo, después de muerte en 1938. Y es que la humanidad tenía necesidad de tal mensaje sobre la infinita misericordia de Dios que, al mismo tiempo, es un fuerte llamado a una confianza más viva: “Jesús, confío en Ti”. Es la esperanza que nos guía.
Al canonizar a Sor Faustina, S.S. Juan Pablo II dijo:
“Cristo resucitado, en el Cenáculo, anuncia la misericordia divina y confía su ministerio a los Apóstoles. Al hacerlo, muestra sus manos y su costado, señala las heridas de la Pasión, sobre todo la de su Corazón, fuente de la que brota la gran ola de misericordia que se derrama sobre la humanidad. De ese Corazón de Jesús, Faustina, desde hoy llamada Santa, verá salir dos rayos de luz que iluminan al mundo. Estos dos rayos –le explicó Jesús- representan la sangre y el agua.
La sangre evoca el sacrificio de la Cruz y el don eucarístico; el agua, no sólo recuerda el Bautismo, sino también el Don del Espíritu Santo.
La misericordia divina llega a los hombres a través del Corazón de Cristo crucificado: “Hija mía, di que soy el amor y la misericordia en persona” le pidió Jesús a Faustina.
Hoy es verdaderamente grande mi alegría –continuaba el Santo Padre- al proponer a toda la Iglesia, como don de Dios a nuestro tiempo, la vida y testimonio de Sor Faustina.
La humanidad no encontrará paz hasta que no se dirija a la misericordia divina”.
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