MARIA Y EL MISTERIO PASCUAL II

Pentecostés –plenitud del misterio pascual- pone a María en relación íntima con estas tres realidades pascuales: la comunión fraterna, la oración y la evangelización. El Espíritu Santo desciende sobre el grupo de los discípulos del Señor, reunidos con María, y los constituye en comunidad evangélica, orante y misionera. El misterio pascual nos hace orar, más aún, es la forma mejor de oración: lo proclamamos cada vez que celebramos la Eucaristía. También allí nos sentimos hermanos. Es impresionante comprobar cómo, después de Pentecostés, se habla en los Hechos de los Apóstoles, de los “hermanos”. Hermanos que creen y rezan, que aman y sirven, que evangelizan y dan la vida. Porque como María, han vivido profundamente el misterio pascual.
El mundo tiene necesidad de santos y cree en la gente sencilla que ama de veras a Dios y se entrega en silencio a los hermanos. María es así para nosotros: la “humilde esclava del Señor” (Lumen Gentium 61) y “Aquélla que en la Santa Iglesia ocupa, después de Cristo, el lugar más alto y más cercano a nosotros” (Pablo VI). Nos hace bien sentirla así: “Hija de Adán” y por consiguiente, sujeta a limitaciones y necesitada de “redención especial” (ib. 53) y, al mismo tiempo, “enriquecida desde el primer instante de su concepción con esplendores de santidad del todo singular” (ib.56).
Nos hace bien sentir a María muy cerca de nosotros y totalmente disponible A dios. Nos hace bien contemplarla acogiendo con fidelidad la Palabra en la Anunciación, sirviendo con alegría en la Visitación, adorando en silencio en Belén, sufriendo con serenidad en la
Cruz, recibiendo el don del Espíritu Santo en Pentecostés; nos hace bien hundirnos en su corazón para vivir con Ella, de un modo privilegiadamente nuevo, el misterio pascual de Jesús.
Nuestra señora de la Pascua nos abre caminos de alegría y esperanza. No precisamente de alegrías fáciles o esperanzas superficiales y pasajeras. Sino de alegrías y esperanzas que nacen de la Cruz y echan raíces hondas de caridad auténtica y verdadera. María nos enseñará a amar con sinceridad, a rezar de veras, a sufrir con serenidad, a servir con alegría, a esperar contra toda esperanza.
La Pascua de Nuestra Señora –su Asunción a los cielos- nos hace participar en su dicha de glorificada y nos hace sentirla adentro como “signo de esperanza y de consuelo” (L.G.68). nuestra señora de la Pascua nos introduce en el misterio pascual de Jesús, nos hace vivir con intensidad su hora que es la nuestra, nos enseña a saborear la Cruz y a gustar la alegría del Espíritu.
Nuestra Señora de la Pascua –al introducirnos profundamente en el misterio pascual de su hijo- nos hace substancialmente pobres y felices, serenos y fuertes, alegres y llenos de esperanza. Contemplar a Nuestra Señora de la Pascua, es meternos en su corazón fiel para gritar: “Salve, oh Cruz, nuestra única esperanza”.
A partir de allí el Espíritu pone en nuestros labios: “Resucitó Cristo, la Esperanza”.