MARIA Y EL MISTERIO PASCUAL I

María anima espiritualmente la comunión y la oración fraterna de los discípulos de Jesús que permanecen el la ciudad, en espera de la promesa del Padre, hasta ser revestidos del poder de lo Alto. (Lc.24,49). Se dará allí la plenitud del misterio pascual con la efusión del Espíritu Santo.
Es un aspecto que nos interesa contemplar en María. Sólo sabemos que Ella oraba con los Apóstoles y que esperaba con ellos el Espíritu del Padre. La Escritura no nos dice más, pero eso basta. El silencio envuelve el misterio de María “La Madre de Jesús”. Comienza ahora la historia de la Iglesia misionera: “Quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse”. (Act.2,4).
Como en el ministerio público de Jesús, María continúa ahora en el silencio: como discípula de la Palabra y Madre de la Iglesia. Es Jesús resucitado el que vive ahora en el misterio de esa Iglesia apostólica: María está siempre allí, escuchando en el silencio y engendrando en el amor. La sombra de la Cruz pasó: queda ahora la fecundidad misteriosa de una muerte y la alegría de haber sufrido con serenidad.
“La hora de Jesús” –hora de manifestación y de signos, hora de su glorificación por la Cruz- comienza a tener ya una nueva dimensión: la de la expansión misionera y de la interiorización del Espíritu. Del costado de Cristo, mientras vivía con intensidad su hora, brotó sangre y agua (Jn. 19,34): símbolos de la Eucaristía y del Bautismo, Sacramentos con que se fabrica la Iglesia. Símbolos también del “agua viva” del espíritu Santo que habría de brotar del seno del Señor crucificado y que iban a recibir los que creyeran en El. “Porque aún no había Espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado” (Jn. 7, 37-39).
Indudablemente María fue la primera que recibió ese fruto de la Pascua que es el fuego del espíritu: en Ella, nuevamente fecundada por el Espíritu, habría de nacer ahora la Iglesia misionera y evangelizadora, Iglesia de los Profetas y de los testigos.
¿Cómo vivió Maria este nuevo momento del misterio pascual de Jesús? Algo muy hondo y definitivamente nuevo debió pasar en su interior: muchas cosas le resultaron claras en el misterio de Jesús y en la oscuridad dolorosa de su acompañamiento. Comprendió toda la fecundidad de su SI, experimentó más profundamente la veracidad del Magnificat, su fe se hizo más clara, su esperanza más firme, su caridad más ardiente. Su interior se hizo más luminoso y sereno. En su peregrinación de fe Las luces del Espíritu Santo disipaban las sombras de sus crisis y sus dudas. María veía claro, con la claridad sin embargo de los peregrinos. Faltaría todavía celebrar su propia Pascua: la su dichosísimo tránsito y su Asunción Gloriosa en cuerpo y alma a los cielos. Desde Pentecostés hasta su Asunción, María vivió una etapa profunda, radiante, gozosa, del misterio pascual de Jesús, en espera de ser Ella misma plenamente asociada al triunfo del Hijo. La Pascua de Nuestra Señora lleva a su consumación la original y exclusiva partcipación de María en el misterio pascual de Jesús. Decimos “original y exclusiva” porque nadie pudo vivir tan intensamente –tan desde adentro- la Muerte y la Resurrección de Jesús; nadie pudo gustar tan profundamente la Cruz sin sentir tan inquebrantablemente la esperanza. Porque María vivió el misterio pascual juntamente con su Hijo. Por eso, Ella fue la primera “redimida de un modo eminente” (Lumen Gentiun, 53) “como plasmada por el Espíritu Santo y hecha una nueva criatura”.
Cuando el Espíritu Santo desciende sobre María en Pentecostés, su disponibilidad se hace más consciente y definitiva y su SI al plan del Padre se vuelca sobre la Iglesia. Como María, proclamada por Jesús “nuestra Madre en el orden de la gracia”, (ib.61),  se desprendiera de sí misma y de su Hijo para hacerlo cotidianamente nacer en nuestras almas, en el interior de la Iglesia, en el corazón de la historia y de los hombres que, sin conocerlo, lo buscan con sinceridad.