PARA TIEMPO DE PASCUA II

Queridos amigos, seguimos viviendo este Tiempo, alegre y lleno de esperanza que es la Pascua. Alegre porque Cristo resucitó; lleno de esperanza porque su resurrección promete y anticipa la nuestra.
La vida de cada uno de nosotros continúa, un día tras otro, con las mismas preocupaciones, las alegrías y las penas de toda vida humana, el trabajo, los quehaceres habituales...
Pero, como decíamos en anteriores reflexiones, algo tiene que haber cambiado en nuestro interior. Seremos ahora más solícitos, más pacientes, más tolerantes; estaremos más dispuestos a esa tolerancia y al perdón. Al Amor.
Esta es la manera de vivir la Pascua.
Si bien, todo lo que pasa en nuestra vida tiene su importancia, ahora podremos en muchas de esas ocasiones, quitarle trascendencia a dichos y hechos que nos oprimen. Porque lo más importante y verdaderamente trascendente para la vida de cada uno, es y será, vivir la esperanza de la salvación conseguida por Jesús, que nos  quiso asegurar la felicidad sin límites en la Casa del Padre.
En consecuencia, debemos dar a cada una de las opciones que tomamos en cada momento la relevancia que tiene, pues con ellas construimos el camino a la plenitud de dicha que nos promete la Palabra de Cristo. La felicidad que el mundo nos ofrece, y que depende de los hombres, será o no será. La que Cristo nos prometió, ésa, es segura. Él la conquistó para nosotros; ahora tenemos nosotros que seguir sus pasos para hacer cada uno nuestra conquista personal y merecer la prometida por Jesús. La esperanza de dicha eterna, debe ser el estímulo para sortear, con confianza y gozo en el corazón, los obstáculos más sencillos o más difíciles, que las circunstancias nos pongan por delante.
Con la mirada puesta más allá de esta vida transitoria, llenaremos el corazón y nuestra vida misma, del gozo cristiano de vivir en la fe y en armonía con Dios.
Jesús nos preparó el camino.
María nos da su mano y nos acompaña en todo momento.
La lucha por la vida que todos realizamos de modo permanente, se nos hará más llevadera. Y llenaremos nuestra alma de una ilusión nueva y legítima, que nos fortalecerá, especialmente en los días difíciles. La ilusión de una felicidad plena y sin límites por toda la eternidad.