PARA TIEMPO DE PASCUA I

Amigos nuestros: durante la Cuaresma nos fuimos preparando para vivir más profundamente la Pasión y Muerte en Cruz de Cristo Redentor de la humanidad.  Entonces, seguramente, desechamos de nuestro interior muchas cosas de que al Señor no le gustan. Pusimos el corazón y la mente en orden; en todo lo que pudimos, para así llegar con el alma más limpia, más inclinada a la piedad y la devoción, a la Semana Santa.
Entonces revivimos los sucesos que condujeron a nuestra salvación.
Y ahora festejamos el triunfo de Cristo: su Resurrección gloriosa.
La semana vivida, nos deja interiormente, sentimientos y emociones; pero también muchos ejemplos, semillas para sembrar y hacer germinar en nuestro ser cristiano.
La Cruz nos da el ejemplo más sublime de Amor.
Ejemplo que debemos, de algún modo, traer a nuestra vida de todos los días. Debemos aprender a vivir el amor. Amor a Dios y a los demás; no tenemos que ir a buscar lejos aquello que seguramente tenemos cerca, a nuestro lado, tal vez en nuestra propia familia. Amor.
El amor se traduce en hechos que lo muestran mucho mejor que las palabras. Obras son amores.
El amor a Dios se vive con la conducta adecuada a las enseñanzas evangélicas; se vive con el mejor acatamiento posible a los mandamientos entregados por Dios a Moisés, que no caducan según las épocas, según la gente, según la moda.
Se vive en cada opción que tomamos durante cada día vivido.
El amor a los demás, requiere  el ejercicio de muchas virtudes: comprensión, paciencia, tolerancia, negación de uno mismo. El egoísmo se auto-elimina, no se ajusta al amor.  Muchas veces en el ejercicio activo del amor, también se necesita grandeza de alma. Las almas pequeñas, no se disponen a la renuncia ni a la entrega.
La Resurrección de Cristo nos permite ver más allá: ver la Luz de Cristo en todo su esplendor; contemplar el Camino que debemos tratar de seguir con todo nuestro empeño, siguiendo sus pasos; asumir e incorporar la Verdad de modo profundo en nuestro modo de ver la vida y vivirla; tener presente que la vida eterna es un don conquistado para nosotros a un alto precio por Jesús y que eso debe reflejarse, como en un espejo, en los acontecimientos grandes o pequeños que vivimos todos los días, cada uno de nosotros.
Nuestro ser cristiano debe desenvolverse a través de toda circunstancia que se nos presente. Seremos así, los discípulos actuales del Maestro, seremos así sus testigos. Es nuestra doble misión. No podemos obviarla, no podemos descartarla ni olvidarla, porque está grabada por siempre con la Sangre de Cristo en la Cruz.
El beneficio de nuestra vida entregada al querer del Señor no es para Dios, es de Dios para nosotros. Para que podamos alcanzar la propia resurrección y la felicidad prometida por toda la eternidad.