DOMINGO DE PASCUA

Aleluya, Aleluya, Cristo resucitó. Esta es nuestra Pascua.
Es el grito triunfal que hoy brota de los corazones de miles de cristianos, que en todo el mundo, celebran la Pascua de Resurreccióm.
Es el triunfo y la gloria de Cristo. El cumplimiento de la promesa, ya hecha realidad. Cristo vencedor de la muerte, como lo había prometido, resucitó.
Después de la Pasión dolorosa, de la entrega al sacrificio, al dolor y a la muerte, la gloria por siempre.
Después del fracaso, el triunfo. Total, definitivo.
Es la confirmación plena de nuestra fe. Es la ratificación total de nuestra confianza. Es la plenitud de nuestra esperanza que se ilumina y se proyecta en la eternidad.
La Resurrección de Cristo es la prueba definitiva de su divinidad.
Así como la muerte de Jesús nos manifiesta su humanidad, así su Resurrección nos manifiesta su divinidad. Y da sentido a la vida cristiana. Sin Resurrección, no existiría cristianismo. La vida de Jesús sólo tendría validez histórica. La validez de una vida terrena ejemplar, de un gran filósofo, de un filántropo, de un Santo también, que predicó con la Palabra y el ejemplo una nueva doctrina de amor y solidaridad; de perdón, humildad y misericordia.
Pero Cristo, Resucitó. Abandonó su sepultura. A pesar de los custodias y los guardias. A pesar de quienes lo juzgaron y condenaron. A pesar de la turba enfurecida. A pesar de sus traidores. Pese a quien pese.
Y con el paso de los siglos, debemos añadir: pese a sus detractores; pese a los incrédulos; pese al paganismo; pese a las doctrinas ateo-materialistas; pese al agnosticismo. Pese a quien pese.
Hoy nos reunimos para festejar la Pascua de Resurrección.
Ayer nos entristecíamos en el Calvario. Con Jesús en la Cruz; con María, a los pies de la Cruz.
El Hijo, moría.
Sufriendo por el rescate de la humanidad; por los hombres de todos los tiempos. Por ti, oyente; por mí.
Y en el corazón de la Madre, un dolor sereno y angustiante.
Los dolores de Jesús fueron los dolores de María.

El Hijo se entregó al Padre con el gozo de la misión cumplida.
Y en el corazón de llanto apretado de su Madre, la esperanza.
Aunque no entendiera.
Tampoco entendió María las palabras del Arcángel Gabriel.
Y las aceptó. Porque María vivía de la fe. Confiaba plenamente.
Esperaba con esperanza, permanentemente.
Y, María, sin entender, espera.

Cristo triunfante, resucita.
¿Podremos imaginar siquiera, la santa y total alegría de María al ver al Hijo triunfante, al volver a abrazar al Hijo amado?
Su Hijo, vive. Su Hijo, una vez más, cumple su promesa.
Su fe, su confianza y su esperanza están definitivamente confirmadas.
La plenitud de su fe, de su confianza y de su esperanza, fue ratificada por Dios en la Persona del Hijo. Porque El resucitó, glorioso.
Las glorias de Jesús, son también las glorias de María.

Domingo de Pascua de Resurrección. Piedra angular del cristianismo.
Hoy los corazones de todo el pueblo cristiano, han de colmarse de la gloria de Jesús Resucitado, y de la felicidad de María. Han de sentir admiración por el triunfo de Cristo, y comprometerse al agradecimiento por la co-participación, generosa en su sublime caridad, de la Madre.
Pero también debemos sentir, honda y profunda, la alegría de ser los actuales discípulos y testigos de Cristo en la Fe.
Porque Cristo resucitó, es el Hijo de Dios.
Redentor y Salvador de la humanidad a través de los tiempos.
Cumplió por lo anunciado por los Profetas. Realizó el Antiguo Testamento.
Hizo verdad su promesa, El que era la Verdad.
Nuestra esperanza se extiende por toda la eternidad.
La luz de la Resurrección nos afianza y asegura en la fe, la esperanza y la caridad.
Porque el amor fue y es el fundamento del nacimiento y de la Cruz de Jesús: de Belén y del Monte Calvario.
Sin el amor infinito de Dios, no habría creación del hombre, ni Redención después del pecado.
El Amor creó.
El Amor perdonó.
El Amor redimió.