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ALGUNAS REFLEXIONES
Amigos de todo el país, hoy queremos reflexionar con ustedes sobre algunos pasajes de la vida de Jesús y de María, que tal vez no se nos hayan escapado en la meditación de cada Misterio del Rosario, pero que podemos haberlos pasado, muy ligeramente, sin detenernos en su profundidad.
Por disposición de la Divina Providencia, sucedió que la Virgen María dio a luz a su Hijo divino, en Belén, porque allí fueron a cumplir con lo dispuesto por el Gobernador: empadronarse. Y Jesús, Rey del universo, Dios, segunda Persona de la Santísima Trinidad, vino a este mundo en una cueva, y tuvo por cuna un pesebre y por colchón el forraje que alimentaba a los animales.
Seguramente, María la Madre, lo tenía mucho en sus brazos para prestarle su calor en aquel lugar helado.
La cunita que siempre –antes y ahora- se prepara para el bebé que va a nacer, Jesús no la tuvo.
Ejemplo de humildad en la grandeza. Nada más grande que Dios y más humilde que el lugar de su advenimiento al mundo de los hombres.
Pasados los días correspondientes, María y José llevan a Jesús al Templo para su presentación. Y, a la vez, María concurre, según la usanza de entonces, a purificarse. María, la más pura de entre las mujeres no esquiva esta costumbre y cumple con ella. Otra vez, humildad y obediencia a las disposiciones humanas del momento. Y el Niño es presentado en el Templo. Él es allí el Dueño de casa, Dueño y Señor de ese Templo y de todas las cosas. Continúan las manifestaciones, y los ejemplos que ellas nos dejan, de obediencia y humildad.
Y nos preguntamos ¿nosotros, hubiéramos procedido así? ¿No hubiéramos sentido que éramos diferentes, que esas disposiciones no nos alcanzaban y por consiguiente, ese cumplimiento era innecesario?
Seguimos adelante. Ya tenemos a Jesús hombre que se acerca al río Jordán y le pide a Juan el Bautista que lo bautice. A Él. Limpio del pecado original y de todo otro pecado. Es Dios. Y nos conmueve con el ejemplo de su propio Bautismo.
En la Transfiguración se muestra como Dios, resplandeciente, y deslumbra a los Apóstoles que lo acompañan. Él sabía que era necesario reforzar la fe de aquellos hombres, en vista a los acontecimientos que vendrían. Generosidad y amor, se desprenden de un nuevo ejemplo divino y humano.
Porque Jesús es Dios y Hombre.
Realizó portentosos milagros: el primero, en las bodas de Caná y a pedido de la Madre, María. Después, y sin un orden específico, vendrían la multiplicación de los panes y los peces, las curaciones de los enfermos, la resurrección de Lázaro, que fueron algunos de los tantos hechos extraordinarios realizados por Jesús, y también una muestra elocuente de su dedicación a los pobres, a los suyos, a la gente que demostraba su fe en Él.
Pero fue juzgado y condenado, como un delincuente.
Y Jesús, todo lo soportó encerrado en su silencio grandioso, prueba de su integridad como hombre, de la fortaleza del hombre que era Dios, del amor infinito de Dios, que no mide la enormidad del sacrificio.
Y muere en la Cruz. Por nosotros. Por ti, que hoy nos escuchas, por mí también.
En el Reino del Cielo, Jesús a la derecha del Padre Creador y María a su lado, siguen velando por todos nosotros, muchas veces en el humilde silencio de siempre, sin que nos demos siquiera cuenta de los favores exquisitos que nos regalan a diario.
Con recogimiento pues, hoy adoremos a Jesús, nuestro Dios hecho hombre para el perdón de nuestros pecados y veneremos a Santa María, la Virgen fiel, la humilde Esclava del Señor, y con corazón agradecido, digamos:
Gracias, Jesús.
Gracias, María.
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