RECORRER NUESTRO CAMINO

Estamos recorriendo nuestro camino de cristianos con Jesús y María, camino que conduce a través del dolor y el sacrificio de Jesús, al regalo más grande que hayamos recibido: nuestra Redención.
Es el regalo de Jesús y también de María, que sufrió y corredimió con Él.
Pero no es el único: Jesús se regala a sí mismo a la humanidad toda cuando, en la última cena, instituye la Eucaristía.
Jesús se queda con los hombres. Para siempre.
Son regalos tan trascendentes que tal vez no alcanza una vida para valorarlos y para agradecerlos. ¿Nos damos cuenta de la importancia vital que encierran?
Nos cuesta humanamente asumir tanta grandeza.
Entonces ¿qué hacemos? O ¿qué deberíamos hacer?
Para empezar, lo que hacemos cada vez que recibimos de las manos de alguien un regalo: dar las gracias: con el corazón, con el pensamiento, con la vida. Por amor y con amor.
Son los primeros pasos en el camino a recorrer.
El paso siguiente es la manifestación  de esta actitud. Tiene, debe, hacerse evidente ante los ojos de Dios y ante nuestros hermanos los hombres, a quienes debemos amar como a nosotros mismos, según lo pide Jesús con palabras muy claras, en su enseñanza evangélica.
Nuestra vida, entonces, debe ir transformándose según el amor para dar testimonio del Maestro, para proceder según su querer. Y así comenzamos a valorar  el ser cristianos y el sacrificio de la Salvación.
En este andar la oración ocupa un lugar preferente. Y los sacramentos. Oración y sacramentos que nos darán las fuerzas para adquirir las virtudes necesarias e imprescindibles mientras peregrinamos en este mundo, para alcanzar el que Jesús nos conquistó en la Cruz.
No tenemos, ni podemos olvidar que el camino nos exige una conducta ejemplar, es decir, que tenemos que dar ejemplo de virtud y cumplimiento a los Mandamientos de la Ley entregados a Moisés, que son normas de felicidad en esta vida y nos llevan a la otra felicidad que es la eterna. Y que conste que siempre están vigentes. Jamás caducarán. No están sometidos al devenir de ninguna conveniencia del hombre, a ninguna “moda”, a ningún avance de las costumbres de distintas generaciones. Son inmutables.
Tratemos, pues, de vivir en acomodo a estos lineamientos divinos, haciendo todo lo humanamente posible. Perfectos no somos, pero tenemos que intentar ser lo mejor posible.
Es la retribución más adecuada al sacrificio de la Redención, al amor de Jesús, al amor de María.
Pidiendo las gracias necesarias para recorrer, éste, nuestro camino, recemos el Santo Rosario con amor y gratitud.