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SOLEDAD DE MARIA
Acompañemos a María en su soledad.
María se ha quedado sola.
El dolor y el sufrimiento han caminado con Ella, que acompañaba los pasos de Jesús, su Hijo divino. Fueron sus constantes compañeros desde la llegada de Jesús, entonces triunfante, a Jerusalén.
Después, todo cambió.
Traición, injusticia, burla, crueldad.
María curó las heridas del látigo desgarrador.
María presenció el paso de Jesús, coronado de espinas y cargando en su hombro el madero de su cruz, por las calles de la ciudad. Como un malhechor, un delincuente más.
Se mantuvo estoica al pie de la Cruz.
Acompañando el momento.
Una cruz, infame, cruel, injusta.
Pero también una cruz redentora, salvadora, cruz de amor.
El amor de Jesús que moría por amor a los hombres, cumpliendo su misión salvífica.
Allí estaba María, su Madre y desde ese momento, la nuestra también.
Redimiendo con Él.
Ahora María está sola con su dolor que le aprieta el corazón, su corazón de Madre, como todas las madres de este mundo.
Jesús era hombre y Dios.
María era solamente una mujer.
La elegida, la predestinada, sí; pero mujer igual en su humanidad a todas las mujeres de la tierra.
María creía en su Hijo. Y como creía, también esperaba. Su dolor era esperanzado.
Él había dicho que resucitaría. María sabía que así sería. Y la esperanza y la fe, obraban sobre su dolor, refrescaban su corazón.
La fe y la confianza de María en la Palabra de Dios, provocaban una esperanza firme y segura.
La esperanza y la fe eran su consuelo.
El consuelo que se necesita en los momentos difíciles, en la soledad.
María había dicho: “Soy la esclava del Señor”.
Y lo seguía siendo, ahora como antes, como siempre.
Dios lo quería....... María lo aceptaba.
Elegida, predestinada. Preparada por Dios Padre para ser la Madre de Dios Hijo.
El domingo de Pascua, todo se confirmaría.
En ese domingo, el abrazo apretado del Hijo, marcaría el triunfo de Jesús sobre la muerte y el triunfo de María, en su fe, su esperanza y su caridad.
La injusta y aberrante Cruz del Viernes Santo, fue y seguirá siendo, la Cruz del Amor que todo lo dio.
El amor de Jesús y el amor de María por nosotros: por ti, por mí.
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