REFLEXIONES ANTE UN BILLETE

Jamás se tendrá demasiado respeto al dinero, pues representa al trabajo. Y el trabajo cuesta sudor y sangre.
El dinero es un arma de doble filo. Puede tanto servir al hombre, como destruirle.
Ante un billete, digamos Señor:
Me impresiona porque es mudo, jamás dirá lo que esconden sus pliegues, nunca sabremos los esfuerzos y luchas que ha costado. El lleva sobre sí los sudores del hombre, está sucio de sangre, de desencanto, de dignidad pisoteada también, en más casos que los que quisiéramos conocer. Se ha enriquecido con todo el peso del trabajo humano que lleva en sí mismo y que le da valor: ¡cómo pesa, Señor!
Me asusta, me da miedo. Porque tiene, tal vez, muertes sobre la conciencia.
Todos los desgraciados que se suicidaron buscándolo, para hacérselo suyo, poseerlo aunque fuera unas horas o días, sacarle unas migajas de placer, de alegría o de vida...
¿Por cuántas manos habrá pasado, Señor? ¿Qué habrá hecho en sus largos viajes silenciosos?
El ha ofrecido flores a la novia radiante, ha pagado festejos de bautismos y ha vestido al bebé sonrosado. Ha puesto el pan en las mesas de las casas, ha abierto el chorro de las risas de los jóvenes, y la alegría de los mayores. Pagó la consulta del médico en la enfermedad o el peligro de muerte, compró los libros del estudiante, vistió a la joven que deseaba deslumbrar ...
Pero también pagó la llamada telefónica, la estampilla de la carta, o el correo electrónico de ruptura; y la muerte del niño en el vientre de la madre; distribuyó el alcohol e hizo al borracho; financió el film pornográfico y grabó el disco de mal gusto; sedujo al adolescente y convirtió al adulto (o al joven, o al niño) en ladrón; compró por unas horas el cuerpo de una mujer; pagó el arma del crimen y la madera del ataúd.
Oh, Señor, yo te ofrezco este billete, del valor que sea, en sus misterios de gozo y sus misterios de dolor. Te doy gracias por toda la alegría y toda la felicidad que ha dado, el confort que ha comprado, el bienestar que ha conseguido. Pero te pido, humildemente, de rodillas, perdón por todo el mal que ha causado.
Sobre todo, Señor, te ofrezco este billete, por el sudor del trabajo del hombre que lo ha ganado honradamente, por todo el sufrimiento y el trabajo que en él se simbolizan, y que mañana, cuando Tú digas, será moneda ya intocable, que Tú nos cambiarás por vida eterna.
Y en esa vida tendrá, definitivamente, la máxima importancia, el uso que hayamos hecho del billete.