SANTA MARIA MADRE DE DIOS
1º de Enero

Con esta solemnidad de Nuestra Señora comenzamos un año nuevo. En verdad no puede haber mejor comienzo de un año, que estando muy cerca de la Virgen. A Ella nos dirigimos con confianza filial, para que nos ayude a vivir cada día del año: para que nos impulse a recomenzar, si caemos y perdemos el camino; para que interceda ante Jesús a fin de que procuremos crecer en amor  de Dios y en servicio a nuestro prójimo, quien muchas veces está muy cerca de nosotros.

En las manos de la Virgen ponemos los deseos de ser fieles evangelizadores.

Somos todos los hombres del mundo, hijos de María. Desde la Cruz. Ella vela con amor especialísimo por nosotros, nos lleva de la mano a estar al lado de su Hijo divino.

María Santa, Madre de Dios y nuestra, Madre de la Iglesia. Siempre Madre. Excelsa. Bendita. Amorosa.

Repetiremos su nombre ante las dificultades de la vida, con más fuerza cuando más difíciles se nos presenten. ¿A quién, no?

Todos sabemos que hay que enfrentar los problemas, que ellos vienen solos sin que nadie los llame. Pero ahí está María, para escucharnos. No nos abandona. ¿Qué madre lo haría, cuando el hijo la llama porque la necesita?...

María, no nos dejará en la necesidad, en el error o en el desvarío.

En el día de hoy, por disposición del Papa Pablo VI, la Iglesia ruega por la paz. Invoquemos a María:

María, Madre de Dios y nuestra, te encomendamos la paz. La paz del corazón de cada hombre, la paz en cada familia, la paz del mundo. Este mundo que parece enloquecido, sumergido en una ola gigantesca de disconformidad y de desprecio por la vida que Dios nos ha regalado. Un mundo de violencia inusitada, de terror que siembra amargura y dolor. De rivalidades, rencores y venganzas, donde el odio tiene su lugar reservado.

Es el mundo que tristemente reconocemos, pero no es el mundo que queremos. Deseamos paz. Deseamos un mundo donde reinen la comprensión, la tolerancia, el amor. Mundo en el que el apego por lo material no sea lo más importante, sino que prevalezcan los valores espirituales, y donde reine la concordia y no la discordia.

¿Podemos lograrlo si apartamos del mundo a Dios, Padre y Creador? Seguramente no. Si el hombre olvida que es hijo de Dios, no reconoce su razón de ser. Dios nos ha dado la vida, nos ha colocado en el mundo, y lo ha puesto a nuestro cuidado para cooperar con Él en su creación y no para destruir lo hecho por Él con amor y sabiduría infinitos.

Tenemos que volver al Padre. Reafirmar nuestros sentimientos de hijos de Dios, redimidos por Cristo. Eso traerá paz. Sin conversión interior del hombre, no se podrá lograr la convivencia pacífica tan anhelada. La meta de cada cristiano debe ser pues, cooperar en la extensión del Reino de Dios en la tierra. Con la oración. Con el ejemplo de vida.

Con la ayuda de María, la Madre solícita y comprensiva, que intercede incesantemente ante su Hijo divino  por sus otros hijos de la tierra.

Tengamos fe y esperanza. Confiemos en el poder de la oración sencilla y humilde. Confiemos en la Palabra de Jesús y sus promesas. Confiemos en Santa María, Madre de Dios y nuestra.

Y esperemos la paz que vendrá como premio al esfuerzo del hombre de ser mejor hijo de Dios.
Amén.

Oración final.
Hoy vengo a Ti, Madre de Dios y Madre nuestra, a suplicarte humildemente por este mundo de hoy, tan distinto del querer del Padre Creador.

Tan indiferente al suplicio de la Redención, padecido por tu Hijo.

Tan apartado de las inspiraciones de amor, del Espíritu Santo.

Madre Santa y tan cercana a nosotros, por tu poderosa intercesión maternal, alcánzanos la gracia de ser más dignos del proyecto divino.

Haznos capaces de vivir su Palabra.

Para encontrar los caminos trazados por la Divina Providencia.

Y así poder alcanzar para toda la humanidad el tiempo de paz que te imploramos, hoy y siempre.
Amén