PIEDAD POPULAR, ESPACIO DE ENCUENTRO CON CRISTO
Documento conclusivo. Aparecida 2007.


El Santo Padre destacó la “rica y profunda religiosidad popular, en la cual aparece el alma de los latinoamericanos” y la presentó como “el precioso tesoro de la Iglesia Católica en América Latina”. Invitó a promoverla y a protegerla. Esta manera de expresar la fe está presente en diversas formas en todos los sectores sociales, en una multitud que merece nuestro respeto y cariño, porque su piedad refleja “una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer”. La “religión del pueblo latinoamericano es expresión de la fe católica. Es un catolicismo popular”, profundamente inculturado, que contiene la dimensión más valiosa de la cultura latinoamericana.
Entre las expresiones de esta espiritualidad se encuentran: las fiestas patronales, las novenas, los rosarios y via crucis, las procesiones, las danzas o los cánticos del folklore religioso, el cariño a los santos y a los ángeles, las promesas, las oraciones en familia. Destacamos las peregrinaciones donde se puede reconocer al Pueblo de Dios en camino. Allí el creyente celebra el gozo de sentirse inmerso en medio de tantos hermanos, caminando juntos hacia Dios que los espera. Cristo mismo se hace peregrino, y camina resucitado entre los pobres. La decisión de partir hacia el santuario ya es una profesión de fe, el caminar es un verdadero canto de esperanza y la llegada es un encuentro de amor. La mirada del peregrino se deposita sobre una imagen que simboliza la cercanía y la ternura de Dios. El amor se detiene, contempla el misterio, lo disfruta en silencio. También se conmueve, desparramando toda la carga de su dolor y de sus sueños. La súplica sincera, que fluye confiadamente, es la mejor expresión de un corazón que ha renunciado a la autosuficiencia, reconociendo que solo nada puede. Un breve instante condensa una viva experiencia espiritual.
Allí el peregrino vive la experiencia de un misterio que lo supera, no sólo de la trascendencia de Dios, sino también de la Iglesia, que trasciende su familia y su barrio. En los santuarios, muchos peregrinos toman decisiones que marcan sus vidas. Estas paredes contienen muchas historias de conversión, de perdón y de dones recibidos, que millones podrán contar.
La piedad popular penetra delicadamente la existencia personal de cada fiel, y aunque también se vive en una multitud, no es una “espiritualidad de masas”. En distintos momentos de la lucha cotidiana, muchos recurren a un pequeño signo del amor de Dios: un crucifijo, un rosario, una vela que se enciende para acompañar a un hijo en la enfermedad, un Padrenuestro musitado entre lágrimas, una mirada entrañable a una imagen querida de María, una sonrisa dirigida al Cielo, en medio de una sencilla alegría.

Reflexión final:
Amigos de Tiempo de María: al nombrar a los “pobres” ¿a quiénes estamos aludiendo?
Por supuesto, para nosotros, testigos y discípulos de Cristo, la palabra “pobres” reviste un sentido evangélico. Y ¿quiénes eran, y son siempre, estos amigos de Jesús?
Todos aquéllos que quienes tienen carencias, a quienes les falta “algo”: ellos son los “pobres del Evangelio”.

Se puede carecer de fe,
Carecer de salud,
Carecer de cariño,
Carecer de compañía,
Carecer de educación y de cultura,
Carecer de alegría,
Y también carecer de bienes materiales.

Todos ellos son pobres porque les falta:
Dios, porque no creen en Él,
vigor y salud, porque están enfermos,
el estímulo necesario de un afecto en su vida,
quien rompa su soledad y se preocupe por ellos,
conocimientos, y se apartan del progreso,
una sonrisa que contagie,
bienes materiales para su desarrollo.

De todas estas carencias ¿cuántas podemos remediar?