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NAVIDAD
Hoy, todos los cristianos del mundo festejamos el nacimiento del Niño Jesús.
Festejamos un prodigio divino: Dios se hace criatura humana y nace de la Santa Virgen María.
María y José adoran en silencio. Conocen la divinidad del pequeño que ha nacido.
Los Ángeles cantan.
Los pastores y los sabios de Oriente ofrecen sus regalos.
Algo empieza a transformar el mundo. Comienza una nueva era: de gracia, de perdón, de salvación y de redención.
Hoy es la sonrisa inocente del niño la que ilumina al mundo. Mañana, será una Cruz.
Hoy comienza la más grande y maravillosa historia de amor.
Llenemos nuestros corazones de alegría y de paz.
Alegría y paz que nacen de la seguridad de sabernos redimidos, de haber reconquistado la amistad perdida con Dios Padre en el principio de la generación humana, allá en el Paraíso regalado por Dios, a Adán y Eva.
No pudieron o no supieron cumplir como hijos de Dios y perdimos el Paraíso. Cuando no cumplimos, eso es lo que pasa: un ejemplo basta.
Pero Dios amaba a su criatura, como a nada de lo creado por Él. Y envió a su Hijo Divino para enmendar el error del pecado original.
Así tiene lugar, la primera Navidad.
Gozo en todos los corazones de los hombres creyentes y agradecidos.
Jesús está, como uno más, entre nosotros. Igual en todo a los hombres, menos en el pecado.
María y José adoran en silencio.
Nosotros ¿adoramos en silencio? Tal vez se pueda asegurar que nuestra alegría navideña es bulliciosa, también fresca y sincera......
Reunidos en familia, grandes y chicos, generación de mayores, generación de jóvenes, todos celebramos la fiesta del nacimiento del Niño Jesús.
Pero sería muy bueno, seguramente muy agradable a Dios Padre, a Jesús y a María, que encontráramos un momento de silencio para recoger en nuestro corazón la íntima alegría y el gozo que nace con el Niño Dios anunciado, esperado y ya en nuestro mundo. La alegría, el gozo y también nuestro agradecimiento. Desde el fondo del corazón.
Porque el Hijo de Dios vino al mundo...... y por lo que después pasará: seremos salvados, devueltos por amor al Paraíso que se había perdido, por desobediencia.
Dejémonos envolver, especialmente en Navidad en este amor infinito, generoso, que se nos ofrece sin merecerlo, como don especial.
El niño en el pesebre es nuestro don mayor y mejor.
En esta perspectiva, vivamos la Navidad, con una oración en el alma que brote espontánea y fuertemente porque nos ha nacido el Salvador; con una sonrisa que irradie esta santa alegría y contagie al mundo la fe y la esperanza que surgen del Pesebre donde reposa el Niño recién nacido.
Paz a los hombres de buena voluntad.
Sepamos nosotros cumplir como redimidos por el Señor.
Tal como corresponde.
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