|
PIEDAD Y COSTUMBRE
Todos nosotros tenemos hábitos y costumbres, y a veces tan arraigados que se transforman en una rutina. Una vez que eso sucede, lo más común es que ya ni pensemos ni nos preocupemos por ellos. Se dan por descontado. En ocasiones la cosa es tan simple, que deja de tener importancia. Por ejemplo, nada más sencillo y permanente que apretar una llavecita y se prenda una luz; o abrir una canilla y salga agua. Sólo nos damos cuenta de la importancia que ese gesto casi inconsciente tiene, cuando faltan la luz o el agua por roturas o deficiencias del servicio. Estas rutinas forman parte de nuestra vida como una consecuencia lógica. No tenemos que pensar, es lo normal. Y dejan, salvo en las ocasiones que algo no funciona, de tener importancia. Nuestra vida se desliza por los cauces comunes y de acuerdo a la situación personal de cada uno de nosotros. Todo bien.
Pero es muy diferente que esto suceda en el plano afectivo, sentimental y religioso. Todo cuanto afecta a la vida espiritual. Se puede y se debe tener buenas costumbres, nos referimos a los principios morales que mantenemos, pero esta condición de cada uno hay que valorarla porque es bueno para uno mismo y ejemplo para los demás. En los aspectos sentimentales y de los afectos, tenemos que saber discernir y poner orden en nuestro corazón, generalmente lleno afectos. Estos afectos tienen una escala preferencial. No es lo mismo querer a papá y mamá, que a la mascota. No es lo mismo el amor a Dios, que los amores humanos. A estos sentimientos constantes, no le podemos llamar costumbres ni rutinas. Aunque también se cumpla aquella regla de valorarlos más cuando nos faltan. Sería bueno que no fuera así. Que los valoráramos siempre como un regalo precioso que podemos disfrutar de modo permanente, sin que se agoten.
Volvamos ahora la mirada sobre nuestra vida de cristianos, de buenos cristianos. Nuestra devoción, nuestra piedad ¿es costumbre? ¿Se ha transformado en una rutina? ¿en algo que, en consecuencia, ha ido diluyendo su valor... que se hace mecánicamente?
Estos gestos nuestros realizados alguna vez con esfuerzo o sobreponiéndonos a distintas circunstancias difíciles, no debemos catalogarnos como una rutina, aún siendo una excelente costumbre. Pero si lo hemos convertido en una rutina, no estamos viviendo la importancia, el verdadero significado que tienen y que se merecen de nuestra parte. Si rezamos, es con Dios, o con su Hijo Jesús, o con María, la Madre de todos, con quien conversamos. Debemos imponernos la debida reverencia en la oración, la debida atención para que tenga el valor y el respeto que corresponden. Cosa que parece muy sencilla, pero que no es tan fácil. Y sin embargo, cuando conversamos entre nosotros, más aún si tenemos la oportunidad de hablar con alguien que sea humanamente muy importante, una figura prominente, seguramente no estaríamos distraídos. Bueno, cae de su peso que quien sea el interlocutor nuestro en la oración, tiene la mayor importancia, es lo primero en importancia en nuestra escala de valores de hijos de Dios.
Y cuando nos dirigimos a recibir la Hostia Santa en la comunión, realmente ¿valoramos lo que hacemos? ¿Somos profundamente conscientes? Sería triste que se hubiera transformado en una costumbre vacía de contenido. Nos acercamos a recibir a Cristo con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. Faltan palabras para describir ese momento. Devoción, recogimiento, agradecimiento, amor, conciencia clara de que estamos ante un milagro del que somos beneficiarios.
Otra vez decimos, es una buena costumbre, pero jamás debemos permitir que se convierta en una rutina sin contenido, vacía de todo lo grandioso del gesto de Cristo por nosotros al instituir la Eucaristía en la Última Cena.
Amigos, lograr esta profundidad en nuestra piedad es verdadero camino de santidad.
Recorramos ese camino con la ayuda de Dios Padre, la compañía de Jesús, la luz del Espíritu Santo. Y de la mano de María.
|
 |