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UN MUNDO PARA ARREGLAR
Para que haya paz
Es evidente, amigos, que vivimos en un mundo en el que hay mucho que arreglar. Estamos todos de acuerdo. Escuchamos las voces de los políticos, gobernantes o no, los entendidos en distintas disciplinas, las voces de la prensa y las de los críticos. Criticando, claro. A veces con razón y otras sin razón.
Bueno, preguntamos: ¿Qué tal si escuchamos la voz de Dios? Al menos los que creemos y confiamos en Dios Todopoderoso, Padre de amor y bondad infinitos, deberíamos escuchar esa voz, y seguirla. También propagarla, contagiarla.
Los problemas que a todos nos aquejan, no hace falta enumerarlos. Están a la vista y todos los conocemos muy bien. Entonces, mejor intentar las soluciones.
Y la Palabra de Dios tiene la solución justa para cada problema. Sea grande o chico. Ponerla en práctica sólo depende de nosotros. De nuestra voluntad y de nuestra capacidad. Y de conocerla bien, está claro.
No es adecuado al sentir amoroso de Dios, que hayan tantas personas acumulando bienes y otros que carecen de lo más indispensable. Frente a este gran problema de la humanidad, la solución está en el amor de los hermanos. En la generosidad de los hermanos. En una actitud de altruismo de quienes pueden cooperar a la solución. “Amaos los unos a los otros” no es una frase bonita sin contenido, sino una norma de conducta que nos lleva a un mundo más justo. Hoy se habla mucho de justicia social... pero dentro de esa justicia social también hay que hacer una ponderación que sepa distinguir entre quienes no tienen o no han tenido una oportunidad, y quien la tiene pero no la aprovecha, abusando de la buena fe o del oportunismo de sacar ventaja de quienes saben salir adelante con las oportunidades que se le han ofrecido o que han sabido buscar. Y surge enseguida el tema de la educación. Hay países que han sabido y podido resolverlo muy bien. Están avanzados en una educación científica y tecnológica que traen en sí mismas grandes posibilidades de progreso y de derrota a la pobreza. Pero ¿eso le alcanza a la vida del hombre? No, también hay que educar los sentimientos y en los valores. Y la Palabra de Dios, de acuerdo al Decálogo entregado a Moisés nos dice: Honra a tus padres, no mientas, no des testimonios falsos, no mates, respeta a la mujer de tu prójimo... dando a los hombres normas de conducta, de respeto, de sana convivencia, de lealtad, de amor entre hermanos. También nos dice que amemos a nuestro Dios, amor que se demuestra en la práctica con el acatamiento a sus mandamientos, que debe ser una respuesta de amor a su gran Amor.
Y así llegamos al gran problema de la seguridad personal, hoy tema difícil en tantos países, en nuestro Continente, empezando por casa, en Europa, en Africa y Asia, en el Medio Oriente, y tantos otros que conocemos de sobra. Si educáramos en la Ley de Dios, viviríamos en la más plena seguridad. Al menos, si esa Ley se respeta. No robarás, no matarás. ¡Cómo resuenan en nuestros oídos y muy adentro nuestro, esas palabras! Pero ¿enseñamos a respetar la vida? ¿No vivimos la cultura de la muerte? ¿Se castiga con justicia al asesino o al delincuente? ¿Se trata de reeducarlos responsablemente? ¿No hay leyes que aprueban, con un gran contrasentido, la muerte de inocentes indefensos? La Palabra de Dios dicha a Adán y Eva fue clara: Creced y multiplicaos. Palabra que tampoco se respeta en la nueva forma de uniones en que la multiplicación es biológicamente imposible.
Entonces, queridos amigos, tenemos que concluir que el mundo es tan injusto y conflictivo, porque no se respeta, no se quiere respetar y muchas veces ni siquiera conocer, la Palabra de Dios. A Dios se le confina en el Cielo. En el mundo, no se le quiere ni se le necesita. El mundo le da la espalda. Por eso hay injusticia, maldad y vicios de todas clases. Falta también el amor.
Debemos volver a los orígenes y secundar al Santo Padre en su misión de ser representante de Cristo entre los hombres, predicando en todo momento la Palabra de Dios, con determinación y valentía.
Hoy seguimos siendo muchos los que vivimos las normas de la Ley Divina.
Ojalá seamos muchos más los seguidores fieles a la fe en Dios y a la doctrina de Cristo Jesús.
Obvio, que quienes estamos reunidos aquí, todos deseamos y buscamos lo mismo.
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