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LA ESPERANZA DEL ADVIENTO
Decíamos con anterioridad que la alegría del Adviento era una profunda sensación interior, algo muy íntimo de cada uno, algo cierto y seguro que contribuía a la paz y el bienestar del cristiano en el diario vivir.
Hoy consideraremos la esperanza del Adviento.
Todas las personas vivimos en la esperanza. Es más, sería muy difícil vivir sin una esperanza que nos anime. Esperanza de un futuro mejor, de un trabajo mejor, de un proyecto que se realice, de tener buena salud, esperanzas reflejadas en aquellos que queremos... Un sin fin de esperanzas.
Pero pongamos orden en éstas y otras esperanzas que abrigamos íntimamente. Algunas dependen de nosotros mismos, muchas no. Están en manos de otros. Esperanzas que van y vienen como sucede con las cosas de los hombres.
Otras esperanzas las hemos puesto -por la oración- en manos de Dios. Deseamos volcar la voluntad divina a favor de aquello que le pedimos. El resultado, es conforme a la sabiduría infinita de Dios, que nos concede o no nuestro pedido. Sólo Dios sabe el por qué.
Pero veamos. La esperanza del Adviento es una esperanza cierta. Es la que tenemos segura. Es una esperanza sostenida por la Palabra divina. Es esperanza de felicidad segura, cuando Dios nos llame a su presencia. Es esperanza de perdón y de amor asegurados por Jesús, por ese Niño que nacerá en unos días más, cuando llegue Navidad. Esperanza que es una promesa en el Adviento y será una realidad concreta que ratificará en su vida y con su vida el Niño de Belén.
Queridos amigos, esta gran esperanza tenemos que vivirla. Siempre. Nos la trae el Adviento y se queda en nuestro interior para vivirla y revivirla toda la vida. Esperanza real y definitiva.
Que convalida la alegría. Que es una luz brillante en nuestro camino hacia la Casa el Señor. luz que no se apaga. Alegría y esperanza del Adviento que nos acompañan, que van con nosotros a través de las distintas circunstancias que se nos presenten.
María y José vivieron esa alegría y esa esperanza. Y nos la comunican. Nos invitan a acompañarlos y nos animan a comunicarla.
Y el Adviento es el Tiempo de hacerlo.
Vivir y comunicar la alegría y la esperanza del Adviento es, entonces, nuestra misión, ventiún siglos después.
En Navidad todo serán luces.
Luces que se van prendiendo en Adviento y estallan en Nochebuena. Luces del alma que, allá en la historia, acompañaron los cantos de los Ángeles, junto al pesebre en que descansa el Niño recién nacido a quien esperamos en Adviento. Luces que se renuevan, que permanecen en los corazones y encienden deseos de amor y de paz.
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