PENSAMIENTOS

Recordemos el silencio reverente de María y José, que precedía al nacimiento del Hijo de Dios, con una quietud espiritual que esté más allá del bullicio de
la fiesta, sin que por eso falte la alegría del momento en nuestros corazones.

Si tantas puertas se cerraban aquella noche para María y José, no cerremos nosotros nuestro corazón para recibir al divino Niño y acogerlo con amor sincero y agradecimiento profundo.

Los pastores humildes se acercaron a llevar sus regalos al Niñito de Belén. También nosotros hoy, ofrezcamos nuestro regalo a Jesús con sencillez palpitante de ternura.

Si estamos rodeados de familiares y amigos en esta fiesta santa, tengamos en los labios y el corazón un ruego ferviente por quienes se sienten solos y aislados.

María tiene en sus brazos a su Hijito; también nosotros somos sus hijos: pidamos a la Madre entre las madres que nos acompañe en el devenir de nuestra vida con solicitud y amor.