LAS MANOS DEL MAESTRO
El viejo violín estaba golpeado, marcado, diríamos bastante deteriorado. Así que el rematador al notar el poco valor que ofrecía a la vista, pensó que no tenía sentido perder el tiempo con él y lo levantó con una triste sonrisa.
“¿Cuánto vale, señores? ¿Quién apuesta? ¿Cuál es la primera oferta?”
Alguien dijo: “Un dólar”, con poca convicción, y otro subió el precio a dos dólares...
“¿Sólo dos dólares?” -preguntó el rematador- “¿Quién da tres?”
Una tercera voz se escuchó ofreciendo los tres dólares.
“¿Nadie ofrece más?” Insistió el rematador, con muy pocas esperanzas de lograr una oferta mejor.
Y reinó el silencio en el público.
Viendo que nadie aumentaría esa última oferta, se dispuso a bajar el martillo, y pasar al remate de otros artículos más interesantes.
“Tres dólares, a la una, tres dólares a las dos, y van tres”.....
Pero no pudo bajar el martillo. No. Desde el fondo de la sala, se oyó una voz que decía: “¡Un momento, por favor!”.
La persona que había hablado se levantó de su asiento, y los asistentes pudieron ver a un hombre canoso, que gentilmente solicitaba permiso para adelantarse hasta donde estaba el rematador. Al llegar junto a él, con una sonrisa de disculpa, tomó el viejo violín en sus manos, y recogió el arco. Acarició y sacó el polvo del instrumento y estirando las cuerdas flojas, lo afinó. Entonces lo probó. Y con una sonrisa, esta vez de satisfacción, comenzó a ejecutar una magnífica obra clásica.
Tocó embelesado y absorto. Y cuando cesó la música dejó el violín en su sitio, y dijo solamente: “Muchas gracias”.
En el salón de subastas reinaba el más absoluto silencio, mientras el señor volvía a su asiento.
Entonces el rematador, con una voz baja y respetuosa, dijo; “¿Cuánto me dan por el viejo violín? A la vez que lo levantaba junto con el arco......
“Mil dólares” exclamó alguien y otra voz dijo: “Dos mil dólares” y otra, “Tres mil dólares”.
“Tres mil dólares”.....a la una, a las dos, a las tres, y bajó el martillo.
Vendido en tres mil dólares”.
El público aplaudía gritando “¡Bravo, bravo!”
Todos sonreían y felicitaban al comprador, quien exhibía feliz el instrumento comprado.
Sin embrago, algunos no entendían. ¿Cómo era que se había cambiado tanto la oferta? Se iba a vender trabajosamente en tres dólares y se vendió, finalmente en tres mil dólares... ¿Qué había cambiado su valor?
La respuesta no se hizo esperar: “La mano del maestro”.
Sí, la mano del maestro hizo la diferencia.
Amigos oyentes: no cabe duda que la mano del gran Maestro hace siempre la diferencia. Dejemos que su mano nos toque.
Que nos convierta de “el hombre viejo” en “el hombre nuevo”.
Que con su toque de amor, se descubran nuestros valores y virtudes cristianos que alegran al Señor y nos hace mejores y de más valor a los ojos de Dios y de los hombres.
Tal como el viejo violín.
Que privilegio ser instrumento en las manos maestras del Señor...
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